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El socialismo de ingeniería social y los fundamentos del análisis económico | The Socialism of Social Engineering and The Foundations of Economic Analysis

A previous translation (by Dante Bayona) of this piece (The Socialism of Social Engineering and The Foundations of Economic Analysis [1988]) was published before on Centro Mises. Oscar Eduardo Grau Rotela has now provided a revised, and corrected version of it. This essay is the Chapter 6 of A Theory of Socialism and Capitalism.

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El socialismo de ingeniería social y los fundamentos del análisis económico

Esta es la traducción del capítulo 6 del libro A Theory of Socialism and Capitalism de Hans-Hermann Hoppe.

A la luz de los argumentos teóricos presentados en los capítulos precedentes se observa que no hay justificación económica para el socialismo. El socialismo prometía traer más prosperidad económica a las personas que el capitalismo, y gran parte de su popularidad está basada en esa promesa. Los argumentos presentados, sin embargo, han probado que lo opuesto es verdad. Se ha demostrado que el socialismo de tipo ruso, caracterizado por medios de producción nacionalizados o socializados, necesariamente implica desperdicio económico, dado que no existen precios para los factores de producción (porque a los medios de producción no se les permitía ser comprados o vendidos), y por tanto no puede hacerse contabilidad de costos (que es la forma de dirigir los recursos escasos con usos alternativos a las líneas de producción con mayor valor productivo). Y en cuanto al socialismo socialdemócrata y al conservador, se ha demostrado que, en cualquier caso, ambos implican un aumento en los costos de producción y, mutatis mutandis, una disminución en los costos de su alternativa, es decir, la no producción o producción en el mercado negro, y eso conduce a una reducción relativa en la producción de la riqueza, ya que ambas versiones del socialismo establecen una estructura de incentivos que (en comparación a un sistema capitalista) favorece relativamente a los no pro­duc­to­res y no contratistas sobre los productores y contratistas de bienes, productos y servicios.

La experiencia, también apoya esta idea. En general, los niveles de vida en los países de Europa del Este son significativamente más bajos que en Europa Occidental, donde el grado de la socialización de los medios de producción que ha tenido lugar, aunque ciertamente notable, es relativamente mucho menor. Además, siempre que se amplía el grado de redistribución de la riqueza y la proporción de lo producido que se redistribuye es mayor, como, por ejemplo, en Alemania occidental durante la década de 1970 bajo el gobierno de coaliciones liberales socialdemócratas, hay un retraso en la producción social de la riqueza o incluso una reducción absoluta en el nivel general de vida. Y cuando una sociedad quiere preservar el statu quo, es decir, un ingreso y distribución de riqueza determinados, por medio de controles de precios, regulaciones y controles de comportamiento —como, por ejemplo, en la Alemania de Hitler o la actual Italia y Francia— el nivel de vida constante­mente se queda cada vez más atrás respecto al de sociedades más liberales (capitalistas).

A pesar de esto, el socialismo sigue muy vivo y bien, incluso en Occidente, donde el socialismo socialdemócrata y del conservadurismo se han mantenido como ideologías poderosas. ¿Cómo pudo suceder esto? Un factor importante es que sus seguidores abandonaron la idea original de la superioridad económica del socialismo y en su lugar, recurrieron a un argumento completamente diferente: que el socialismo puede no ser económicamente superior, pero es moralmente preferible. Esa afirmación será considerada en el capítulo 7. Pero ese no es el fin de la historia. El socialismo incluso ha recuperado fuerza en el campo de la economía. Esto fue posible porque el socialismo combinó sus fuerzas con la ideología del empirismo, que tradicionalmente ha sido fuerte en el mundo anglosajón y que, en particular a través de la influencia del denominado círculo de Viena de filósofos positivistas, se convirtió en la filosofía-epistemología-metodología dominante del siglo XX, no sólo en el ámbito de las ciencias naturales, sino también en las ciencias sociales y la economía. Esto se aplica no sólo a los filósofos y metodólogos de estas ciencias (que, a propósito, ya se han liberado del hechizo del empirismo y el positivismo), sino probablemente aún más a los practicantes y seguidores (que aún están en gran medida bajo su influencia). Combinando fuerzas con el empirismo o positivismo, que incluye para nuestro propósito el tal llamado racionalismo crítico de K. R. Popper y sus seguidores, el socialismo se convirtió en lo que desde entonces se conocería como el «socialismo de ingeniería social».[1] Es una forma de socialismo muy diferente en su estilo de razonamiento al del marxismo tradicional, que era mucho más racionalista y deductivo; uno que Marx adoptó del economista clásico D. Ricardo, la fuente más importante para los escritos económicos del propio Marx. Pero parece ser precisamente debido a esta diferencia en estilo que el socialismo de ingeniería social ha sido capaz de ganar más y más apoyo de los socialistas socialdemócratas y conservadores. En Alemania Occidental, por ejemplo, la ideología de la «ingeniería social gradual», como K. R. Popper llamó a su filosofía social,[2] se ha convertido ahora en la base común de los «moderados» en todos los partidos políticos, y solo doctrinarios, según parece, de uno y otro lado no se suscriben a él. El ex-canciller del Partido Socialdemócrata de Alemania, Helmut Schmidt, incluso respaldó públicamente el popperismo como su filosofía personal.[3] Sin embargo, es en Estados Unidos que esta filosofía está, probablemente, más profundamente arraigada, ya que está hecha casi a la medida de la manera de pensar americana en términos de problemas prácticos, métodos pragmáticos y soluciones.

¿Cómo puede el empirismo-positivismo ayudar a salvar el socialismo? A nivel muy abstracto la respuesta debería ser clara. El empirismo-positivismo debe ser capaz de dar razones de por qué todos los argumentos dados hasta ahora no son decisivos; debe tratar de probar cómo uno puede evitar sacar conclusiones como las que yo he sacado y aun así hacerse llamar racional y operar de acuerdo a las reglas de investigación científica. ¿Pero cómo, en detalle, puede lograr esto? En esto, la filosofía del empirismo y positivismo ofrece dos argumentos aparentemente buenos. El primero y, de hecho el más importante de sus principios es:[4] el conocimiento sobre la realidad, que es llamado conocimiento empírico, debe ser verificable o por lo menos falsable por la experiencia; y la experiencia siempre es de tal tipo que podría, en principio, haber sido diferente de lo que realmente fue, de tal forma que nadie puede saber de antemano, es decir, antes de realmente haber tenido alguna experiencia en particular, si el resultado será de una manera u otra. Si, mutatis mutandis, el conocimiento no es verificable o falsable por la experiencia, entonces no es conocimiento sobre algo real —es decir, conocimiento empírico— sino simplemente conocimiento sobre palabras, sobre el uso de términos, sobre los signos y sus reglas de transformación; o conocimiento analítico. Y es muy dudoso que el conocimiento analítico pueda incluso ser clasificado como «conocimiento».

Si uno asume esta posición, como asumiré por el momento, no es difícil ver cómo los argumentos que presenté anteriormente pueden ser rechazados; los argumentos sobre la imposibilidad del cálculo económico y sobre cómo el aumento de costos de las medidas socialdemócratas o conservadoras necesariamente conducen a una disminución en la producción de bienes y servicios, y por tanto a la reducción de los niveles de vida, que evidentemente pretendían ser válidos a priori, es decir, no falsables por ningún tipo de experimento, sino por el contrario entendidos como verdaderos antes de cualquier experiencia posterior. Ahora, si eso fuese cierto, entonces de acuerdo al primer canon, y central, del empirismo-positivismo, tales argumentos no podrían contener ninguna información acerca de la realidad, sino que tendría que ser considerados como simples balbuceos verbales; un ejercicio de transformaciones tautológicas de palabras tales como «costo», «producción», «cantidad producida», «consumo»; que no dicen nada acerca de la realidad. Por lo tanto, concluye el empirismo, en lo que concierne a la realidad, es decir, a las consecuencias reales del socialismo real, que los argumentos presentados hasta el momento no tienen peso alguno. En vez de eso, para decir algo convincente sobre el socialismo, sólo la experiencia puede ser considerada decisiva.

Si eso fuera cierto (como todavía seguiré asumiendo), se podrían desechar de una sola vez todos los argumentos económicos contra el socialismo que he presentado como de naturaleza categórica. Simplemente no podría haber nada categórico acerca de la realidad. Pero incluso entonces, ¿no tendría el empirismo-positivismo aún que encarar las experiencias reales del socialismo real, y no tendría que ser tal resultado decisivo? En los capítulos anteriores se puso mucho más énfasis en las razones lógicas, de principios, y categóricas (todos utilizados aquí como sinónimos) contra las afirmaciones socialistas de ofrecer un mejor camino hacia la prosperidad económica que el capitalismo; y la experiencia fue citada sólo de forma vaga con el fin de ilustrar una tesis cuya validez podía haberse conocido, en última instancia, independiente de la experiencia ilustrativa. A pesar de eso, ¿no sería la experiencia citada, de forma no sistemática, incluso suficiente para establecer el caso contra el socialismo?

La respuesta a estas preguntas es un decisivo «no». El segundo principio del empirismo-positivismo explica por qué. El segundo principio formula la extensión o más bien la aplicación del primero al problema de la causalidad, y de la explicación causal o predicción. Explicar causalmente o predecir un fenómeno real es formular una proposición de tipo «si A, entonces B» o, si las variables permiten medición cuantitativa, «si un aumento (o disminución) de A, entonces un aumento (o disminución) de B». Siendo una proposición que se refiere a la realidad (con A y B siendo fenómenos reales), su validez no puede nunca establecerse con certeza, es decir, examinando la proposición sola o cualquier otra proposición desde la cual la que estamos analizando pudo ser a su vez lógicamente deducida, sino que siempre será y seguirá siendo hipotética, dependiendo de los resultados de las experiencias futuras que no pueden ser conocidas de antemano. Si un experimento confirma una explicación causal hipotética, es decir, si uno observa una instancia donde B siguió a A, como se predijo, esto no probaría que la hipótesis es cierta, dado que A y B son términos generales y abstractos («universales», como opuestos a  «nombres propios») que se refieren a eventos o procesos para los cuales hay (o, al menos en principio, podría haber) un número indeterminado de casos, y por tanto experimentos posteriores podrían todavía falsarla posiblemente. Y si un experimento falsa una hipótesis, es decir, si se observa una instancia en que A no fue seguida por B, esto no sería decisivo tampoco, ya que aún podría ser posible que los fenómenos hipotéticamente relacionados estén de hecho ligados causalmente y que alguna otra circunstancia («variable») olvidada o no controlada simplemente haya impedido que la relación propuesta fuese realmente observada. Una falsación solo probaría que la hipótesis particular bajo investigación no era completamente correcta en su forma actual, sino que necesitaba más bien algún refinamiento, es decir, alguna especificación de variables adicionales a las que uno debe prestar atención y controlar con el fin de poder observar la relación propuesta entre A y B. Pero aclaremos, una falsación nunca demostraría de una vez por todas que la relación entre unos fenómenos dados no existe.

Si uno acepta que la posición empirista-positivista de la explicación causal es correcta, es fácil ver cómo el socialismo puede ser rescatado de las críticas empíricamente justificadas. Por supuesto, un socialista empirista no negaría los hechos. No negaría que, efectivamente, hay un estándar de vida más bajo en Europa Oriental que en Europa Occidental, y que se han encontrado correlaciones entre el aumento de impuestos, o una política conservadora de regulaciones y controles, y el retraso o la reducción en la producción de riqueza económica. Pero den­tro de los límites de su metodología él bien podría negar que sobre la base de esas experiencias se pueda sostener un caso contra el socialismo y su pretensión de ofrecer un camino más prometedor hacia la prosperidad. Él podría, por así decirlo, restar importancia a las (aparentemente) experiencias de falsación, y cualquier otra experiencia que pudiera ser citada, como meramente accidentales; como experiencias que fueron observadas debido a algunas circunstancias desafortunadamente olvida­das y no controladas, que podrían desaparecer y, de hecho mostrarían lo contrario, revelando la verdadera relación entre el socialismo y un aumento en la producción de la riqueza social, tan pronto como esas circunstancias sean controladas. Incluso las notables diferencias en el nivel de vida entre Alemania Oriental y Alemania Occidental —ejemplo que enfatizo bastante porque es lo que más se asemeja a un experimento social controlado— podrían así ser explicadas de otra forma: argumen­tando, por ejemplo, que el nivel de vida más alto en el oeste no se debe a su modo de producción más capitalista, sino al hecho de que el Plan Marshall canalizó ayuda a Alemania Occidental mientras que Alemania Oriental tuvo que pagar reparaciones a la Unión Soviética; o al hecho de que desde el principio, Alemania Oriental abarcaba las provincias rurales menos desarrolladas y agrícolas de Alemania, por lo que nunca tuvieron el mismo punto de partida; o que en las provincias del este la servidumbre fue abandonada mucho después que en las del oeste, por lo que la mentalidad de la gente era de hecho diferente en Alemania Oriental y Occidental, etcétera.

De hecho, cualquier tipo de evidencia empírica que uno presente contra el socialismo, tan pronto como se adopta la filosofía empirista-positivista, es decir, tan pronto como la idea de formular un caso basado en principios a favor o en contra del socialismo, es abandonada como vana y mal concebida, y en lugar de eso se admite solamente que uno puede errar en lo referente a los detalles del plan de política socialista, pero que siendo lo suficientemente flexible para enmendar ciertos puntos en la política siempre que el resultado no sea satisfactorio, el socialismo se hace inmune a cualquier crítica decisiva, porque cualquier falla siempre puede ser atribuida a alguna variable aún no controlada. Debe notarse que ni siquiera el experimento mejor realizado y controlado podría cambiar esta situación en lo mínimo. Nunca sería posible controlar todas las variables que podrían concebiblemente tener alguna influencia sobre la variable a ser explicada; por la razón práctica de que eso podría implicar controlar, literalmente, todo el universo, y por la razón teórica de que nadie en un momento dado del tiempo podría conocer cuáles son todas las variables que constituyen el universo. Esa es una pregunta cuya respuesta tiene que estar permanentemente abierta a nuevos descubrimientos y experiencias. Por lo tanto, la estrategia de inmunización descrita anteriormente funcionaría sin excepción y sin fallas. Y puesto que, como sabemos por los escritos de los propios empiristas y, en particular los de D. Hume, no existe una «banda» que uno pueda observar conectando visiblemente ciertas variables como las causas y efectos,[5] debe notarse que no hay ninguna manera de excluir cualquier variable como posible influencia sin antes probarla y controlarla. Ni siquiera las variables más absurdas y ridículas, como, por ejemplo, las diferencias en el clima, o una mosca volando en un caso pero no en el otro, se pueden descartar de antemano; todo lo que puede hacerse es apuntar a la experiencia nuevamente. («Moscas volando o no volando nunca hicieron diferencia alguna en el resultado de un experimento».) Pero de acuerdo a la doctrina empirista, esta experiencia, refiriéndose, como hace, solo a instancias anteriores, una vez más no ayudaría a decidir el asunto definitivamente, y hacer referencia a ella solamente equivaldría a asumir la respuesta.

No importa los cargos que sean presentados contra el socialismo, pues, siempre que estén basados en evidencia empírica el empirista-socialista podría argumentar que no hay manera de saber de antemano cuáles son los resultados de cierta política sin antes ejecutarla y dejar que el experimento hable por sí mismo. Y cualesquiera sean los resultados observables, la idea socialista original —el «núcleo fuerte» del «programa de investigación» de uno, como el filósofo neopopperiano Lakatos dice—[6] siempre puede ser fácilmente rescatada señalando algunas variables omitidas, más o menos posibles, cuyo no control es propuesto como responsable del resultado negativo, con la nueva hipótesis revisada necesitando ser probada indefinidamente ad infinitum.[7] La experiencia solo nos dice que una política socialista particular no alcanzó la meta de producir más riqueza; pero nunca nos puede decir si una política ligeramente diferente producirá resultados diferentes, o si es posible alcanzar el objetivo de mejorar la producción de la riqueza a través de una política socialista en absoluto.

He llegado ahora al punto de mi argumento en que deberé retar la validez de estos dos dogmas centrales del empirismo-positivismo. ¿Cuál es su error, y por qué ni siquiera el empirismo puede salvar al socialismo? La respuesta se dará en tres etapas. Primero, demostraré que en un análisis más detallado la posición empirista se autodestruye, dado que ella tiene, por lo menos implícitamente, que asumir y presuponer la existencia de conocimiento no empírico como conocimiento sobre la realidad. Siendo esta principalmente una tarea destructiva, tendré luego que abordar la cuestión de cómo es posible tener o concebir conocimiento sobre la realidad que no está sujeto a confirmación o falsación por experiencia. Y en tercer lugar, mostraré que tal conocimiento no sólo es concebible y debe presuponerse, sino que es la instancia irrefutable que sirve de base epistemológica firme sobre la que el caso económico contra el socialismo puede ser, y de hecho ha sido todo este tiempo, construido.

A pesar de la aparente posibilidad de las ideas centrales del empirismo, debe notarse desde el principio que incluso a nivel de intuición las cosas no parecen ser exactamente como el empirismo quiere que sean. Ciertamente, no es evidente que la lógica, las matemáticas, la geometría, y también algunas afirmaciones de economía pura, como la ley de oferta y demanda o la teoría cuantitativa del dinero, porque no permiten falsación por experiencia, o mejor dicho porque su validez es independiente de la experiencia, no nos den información sobre la realidad, sino que sean simples juegos verbales. Lo contrario parece mucho más posible: que las proposiciones desarrolladas por estas disciplinas —por ejemplo, una afirmación de geometría como «Si una línea recta S y un círculo C tiene más de un punto en común, entonces S tiene exactamente dos puntos en común con C», o una afirmación más cercana relacionada al campo de la acción que es lo que me tiene más interesado aquí: «Uno no puede tener guardado un pastel y al mismo tiempo comérselo»— de hecho informan acerca de la realidad e informan acerca de lo que no puede ser diferente en la realidad bajo pena de contradicción.[8] Si yo te­nía un pastel y me lo comí, se puede concluir que no lo tengo más; y eso es claramente una conclusión que nos informa sobre la realidad sin ser falsable por la experiencia.

Pero mucho más importante que la intuición, por supuesto, es el análisis reflexivo, y este probará que la posición empirista simplemente se autodestruye. Si fuese cierto que el conocimiento empírico debe ser falsable por la experiencia y que el conocimiento analítico, que no es muy falsable, por tanto no puede contener ningún conocimiento empírico, entonces, ¿qué tipo de afirmación es esa afirmación fundamental del empirismo mismo? Tiene que ser analítica o empírica. Si es analítica, entonces, de acuerdo a su propia doctrina, esa proposición no es más que unos garabatos sobre papel, palabras al aire, completamente vacía de contenido significativo. Es tan solo porque a los términos utilizados en tal afirmación, como «conocimiento», «experiencia», «falsable», etc., se les había dado ya una interpretación significativa, que eso puede entenderse. Pero la completa falta de significado de las afirmaciones analíticas sigue concluyentemente de la ideología empirista-positivista. Por supuesto, y esta es la primera trampa autodestructiva, si eso fuese cierto, el empirismo ni siquiera podría decir y significar lo que parece decir y significar, no sería más que un susurro de hojas en el viento. Para tener algún significado, una interpretación debe ser dada a los términos utilizados, y una interpretación de términos, ciertamente, siempre es (siempre y cuando una expresión no pueda ser explicada en términos de otra) un asunto práctico; un asunto en el que el uso de un término es practicado y aprendido con instancias reales del concepto designado por el término, y por el cual el término es entonces atado a la realidad.[9] Sin embargo, no cualquier interpretación arbitraria logra ese resultado: «falsable», por ejemplo, no significa «rojo» o «verde». Para decir lo que el empirismo-positivismo evidentemente quiere decir en la formulación de sus principios básicos, a los términos se les debe haber dado el significado que realmente tienen para el empirista así como para aquellos a quienes quiere convencer de que su metodología es correcta. Pero si la afirmación de hecho significa lo que pensamos que significaba todo este tiempo, entonces es evidente que contiene información acerca de la realidad. De hecho nos informa sobre la estructura fundamental de la realidad: que no hay nada en ella que pueda considerarse verdadero antes de experiencias futuras de confirmación o falsación. Y si esa proposición se considera analítica, esto es, una afirmación que no permite falsación, sino cuya verdad puede ser establecida a través de un análisis del significado de los términos utilizados, como se ha asumido por el momento, entonces uno se encuentra frente a una flagrante contradicción y el empirismo, una vez más se destruye a sí mismo.[10]

Por lo tanto, parece que el empirismo-positivismo tendría que elegir la otra opción disponible y declarar que su credo es un enunciado empírico. Pero entonces, claramente, la posición empirista pierde toda relevancia: después de todo, la proposición fundamental del empirismo, de que sirve de base de la que se derivan todas las reglas de la investigación científica correcta, podría estar equivocada, y nunca nadie podría estar seguro de si es o no así. De igual forma uno bien podría afirmar lo opuesto y dentro de los límites del empirismo no habría manera de decidir qué posición es correcta o incorrecta. De hecho, si su principio central fuese declarado una proposición empírica, el empirismo dejaría de ser una metodo-logía —una lógica de la ciencia— por completo, y no se­ría más que una convención verbal completamente arbitraria que llama con ciertos nombres (arbitrarios) a ciertas formas (arbitrarias) de lidiar con ciertas afirmaciones. Sería una posición vacía de justificación de por qué debería, en lugar de cualquier otra, ser adoptada.[11]

Sin embargo, esto no es todo lo que puede decirse contra el empirismo, incluso si la segunda alternativa disponible es elegida. En una inspección más detallada, esa ruta de escape lleva a otra trampa autodestructiva. Incluso si esta ruta fuese elegida, se puede demostrar que la posición empirista-positivista tiene que tácitamente presuponer la existencia de conocimiento no empírico como conocimiento «real». Para entender esto, supongamos que se ha encontrado que una explicación causal que relaciona dos o más eventos se ajusta a una instancia particular de experiencias sobre tales eventos, y es luego aplicada a una segunda instancia, presumiblemente para someterla a algunas pruebas empíricas adicionales. Ahora, uno debe preguntarse ¿qué es lo que debe presuponerse con el fin de relacionar la segunda instancia de la experiencia con la primera, ya sea para confirmarla o falsarla? En un comienzo puede parecer casi autoevidente que si en la segunda instancia de la experiencia se repitieron las observaciones de la primera, esto sería una confirmación, y si no, una falsación; y claramente, la metodología empirista asume que esto es evidente, también, y que no requiere mayor explicación. Pero esto no es verdad.[12] La experiencia, cabe señalar, solamente revela que dos o más observaciones sobre la secuencia temporal de dos o más tipos de eventos pueden ser «neutralmente» clasificadas como «repetición» o «no repetición». Una repetición neutra sólo se convierte en una confirmación «positiva» y una no repetición en una falsación «negativa» si, independiente de lo que pueda ser descubierto por la experiencia, se asume que hay causas constantes que operan de forma invariable en el tiempo. Si, al contrario, se asume que las causas en el transcurso del tiempo podrían operar a veces de una manera y a veces de otra manera, entonces esas ocurrencias repetitivas o no repetitivas simplemente son y siguen siendo experiencias neutralmente registradas, completamente independientes entre sí, y no están de ninguna manera lógicamente relacionadas confirmándose o falsándose entre sí. Hay una experiencia y luego otra, son iguales o son diferentes, pero eso es todo lo que hay, nada más se desprende de eso.

Así, el prerrequisito para ser capaz de decir «falsar» o «confirmar» es el principio de constancia: la convicción de que los fenómenos observables son en principio determinados por causas que son constantes e invariables en el tiempo en la forma en que operan, y que en principio, la contingencia no desempeña ningún papel en la forma en que operan las causas. Solo si se asume como válido el principio de constancia se desprende que algo está mal con la hipótesis original si se falla en reproducir un resultado; y solo entonces puede una reproducción exitosa interpre­tarse como una confirmación. Porque solamente si dos (o más) acontecimientos son de hecho causa y efecto, y las causas operan de manera invariable en el tiempo, tiene que concluirse que la relación funcional que se observa entre las variables relacionadas causalmente tiene que ser la misma en todos los casos, y que si ese no es el caso, algo tiene que estar fallando en la especificación particular de las causas.

Obviamente, ese principio de constancia no está en sí mismo basado o derivado de la experiencia. No sólo no hay vínculo observable conectando eventos. Incluso si dicho vínculo existiese, la experiencia no podría revelar si es o no invariable en el tiempo. El principio no puede ser refutado por la experiencia tampoco, dado que cualquier evento que pueda parecer refutarlo (tal como un fracaso para duplicar alguna experiencia) puede ser interpretado desde el comienzo como si la experiencia hubiese mostrado aquí simplemente que un tipo particular de evento no fue la causa de otro (de lo contrario la experiencia hubiese sido repetida exitosamente). Sin embargo, en la medida en que la experiencia no pueda excluir la posibilidad de que se pudiera encontrar otra serie de eventos que resulten ser invariables en el tiempo en su forma de operar, la validez del principio de constancia no puede ser rechazada.

A pesar de esto, aunque no sea derivado ni rechazado por la experiencia, el principio de constancia es nada menos que la presuposición lógica necesaria para que hayan experiencias que puedan ser consideradas como confirmaciones o falsaciones de otras (en contraste con experiencias aisladas, lógicamente no conectadas). Y por lo tanto, dado que el empirismo-positivismo asume la existencia de tales experiencias lógicamente relacionadas, debe concluirse que también asume implícitamente la existencia de conocimiento no empírico acerca de la realidad. Tiene que asumir que de hecho existen causas que operan de forma invariable en el tiempo, y tiene que asumir que este es el caso aunque la experiencia nunca lo pueda probar o rechazar. Entonces, una vez más, el empirismo resulta ser una filosofía incoherente y contradictoria.

A estas alturas debe ser suficientemente claro que el conocimiento apriorístico tiene que existir, o por lo menos, que el empirismo-positivismo —la filosofía que es más escéptica acerca de esa posibilidad— tiene de hecho que presuponer su existencia. Es cierto, sin embargo, que la idea del conocimiento como conocimiento sobre cosas reales cuya validez puede comprobarse con independencia de la experiencia es un asunto difícil de entender; de lo contrario, el éxito abrumador de la filosofía empirista-positivista en la comunidad científica y en la opinión del «público educado» no podría ser explicado. Por lo tanto, antes de proceder a la tarea más concreta de dilucidar los fundamentos específicos apriorísticos sobre los cuales descansa el caso económico contra el socialismo, sería oportuno hacer algunos comentarios generales que deben ayudar a que sea más posible el hecho de que exista algo así como conocimiento apriorístico.

Parece ser de gran importancia primero librarse de la idea de que el conocimiento apriorístico tiene algo que ver con «ideas innatas» o con conocimiento «intuitivo» que no tiene que ser descubierto o aprendido de alguna manera. Innatas o no, intuitivas o no: esos son asuntos que conciernen a la psicología del conocimiento. En comparación, la epistemología se refiere exclusivamente a la cuestión de la validez del conocimiento y de cómo determinar la validez; y, ciertamente, el problema del conocimiento apriorístico es exclusivamente un asunto epistemológico. El conocimiento apriorístico puede ser, y de hecho es a menudo, muy similar al conocimiento empírico desde un punto de vista psicológico, ya que ambos tipos de conocimiento tienen que ser adquiridos, descubiertos, aprendidos. El proceso de descubrimiento del conocimiento apriorístico puede, y de hecho ​​muy a menudo parece ser aún más difícil y laborioso que el de adquisición del conocimiento empírico, que de manera frecuente simplemente se impregna a sí mismo sobre nosotros sin que hubiésemos hecho mucho al respecto; y también, bien podría ser el caso de que la adquisición de conocimiento apriorístico requiera que uno haya tenido previamente algún tipo de experiencia. Pero todo esto, debemos repetir, no afecta a la cuestión de la validación del conocimiento, y es precisa y exclusivamente en este respecto que el conocimiento apriorístico y el empírico difieren categóricamente.[13]

La noción más importante para comprender la posibilidad del conocimiento a priori, a mi juicio, es que hay no sólo cosas dadas en la naturaleza de las que uno tiene que aprender a través de la experiencia, sino que también hay cosas artificiales hechas por el hombre que pueden requerir la existencia o uso de materiales naturales, pero que en la medida en que son construcciones, sin embargo, no sólo pueden ser completamente comprendidas en términos de su estructura e implicancias, sino que también pueden ser analizadas sobre la cuestión de si su método de construcción puede o no ser concebiblemente alterado.[14]

Hay tres campos principales de construcciones: lenguaje y pensamiento, acciones, y objetos fabricados, todos ellos hechos por el hombre. No nos ocuparemos aquí de los objetos fabricados, solo se mencionan de pasada el caso de la geometría euclidiana, por ejemplo, que puede concebirse como normas ideales que no podemos evitar usar en la construcción instrumentos de medición que hacen posible las mediciones empíricas del espacio. (Luego, hasta el momento, no se puede decir que la geometría euclidiana ha sido falsada por la teoría de la relatividad; sino que esta teoría presupone su validez al hacer uso de sus instrumentos de medición.)[15] El campo de acción, nuestra área de interés principal, será analizado cuando discutamos los fundamentos apriorísticos de la economía. Entonces, la primera explicación de conocimiento apriorístico como conocimiento de las reglas de construcción que no pueden ser concebiblemente alteradas, se dará utilizando el ejemplo del lenguaje y el pensamiento. Este es el punto de partida elegido, porque es lenguaje y pensamiento lo que se usa al hacer lo que se está haciendo aquí: comunicar, discutir y argumentar.

Como los empiristas lo ven, el lenguaje es un sistema convencionalmente aceptado de signos y combinaciones de signos, a quienes, de nuevo por convención, se les asigna un significado, en última instancia por medio de definiciones ostensivas. De acuerdo a esta visión, puede parecer que aunque el lenguaje es un producto artificial, hecho por el hombre, nada puede ser conocido sobre él a priori. Y, en efecto, hay muchos diferentes idiomas, cada uno con signos diferentes, y el significado de los términos utilizados pueden ser asignado y cambiado arbitrariamente, de manera que todo lo que hay que saber sobre el lenguaje tiene, o al menos eso parece, que ser aprendido de la experiencia. Pero esta visión es incorrecta, o en el mejor de los casos es sólo la mitad de la verdad. Es cierto que todo idioma es un sistema convencional de signos, pero ¿qué es una convención? Evidentemente, no se puede sugerir que «convención» sea a su vez definida convencionalmente, ya que eso sería simplemente presuponer la misma respuesta. Todo puede ser llamado una convención (y, por ende, un lenguaje), pero seguramente no todo lo que puede ser llamado así es de hecho un acuerdo por convención. Decir y hacerse entender al decir «convención se usa de tal y tal manera» presupone que uno ya sabe lo que es una convención, pues esta declaración ya habría tenido que hacer uso del lenguaje como un medio de comunicación. Por lo tanto, uno se ve obligado a concluir que el lenguaje es un sistema convencional de signos, y como tal, conocimiento sobre él sólo puede ser conocimiento empírico. Pero para que exista tal sistema tiene que asumirse que todo hablante de una lengua conoce ya lo que es una convención, y tiene que saber esto no simplemente en la forma en que sabe que «perro» significa perro, sino que tiene que saber el significado real y verdadero de convención. Como tal, su conocimiento de lo que es un idioma tiene que ser considerado a priori. Esta idea puede repetirse para niveles más particulares. Hay todo tipo de declaraciones específicas que pueden hacerse en un idioma, y ​​sin duda la experiencia juega un papel aquí. Sin embargo, saber lo que significa hacer una proposición no puede definitivamente ser aprendido de la experiencia, sino que debe ser presupuesto de cualquier hablante de un idioma. Lo que es una proposición no puede ser explicado a un hablante simplemente con otra declaración, a menos que él ya sepa cómo interpretar eso como una proposición. Y lo mismo es cierto de las definiciones: no es suficiente definir «definición» ostensivamente señalando con el dedo a alguien que está señalando con el dedo una definición, porque así como en el caso en el que la palabra «perro» se define señalando a un perro, una comprensión del significado de definiciones ostensivas tiene ya que ser presupuesta cuando se entiende que señalar a un perro, acompañado por el sonido [perro] quiere decir que «perro» significa perro, de la misma forma en el caso de «definición». Definir definición ostensivamente carecería totalmente de sentido, a menos que uno supiera de antemano que el sonido particular que se hizo tenía que significar algo cuya identificación debía estar asistida señalando con el dedo, y como entonces identificar objetos particulares como instancias de propiedades generales y abstractas. En resumen, para definir cualquier término por convención, tiene que asumirse que el que está hablando tiene conocimiento a priori del significado real —la definición real— de «definición».[16]

Entonces, el conocimiento sobre lenguaje, que tiene que ser considerado a priori en el sentido de que debe presuponerse de cualquiera que habla un idioma, es el conocimiento de cómo hacer convenciones reales, de cómo hacer una proposición haciendo una declaración (es decir, cómo dar significado a algo diciendo algo) y de cómo hacer una definición real e identificar instancias particulares de propiedades generales. Cualquier negación de esto sería una autorrefutación, ya que tendría que hacerse en un lenguaje, haciendo proposiciones y usando definiciones. Y como toda experiencia es una experiencia conceptual, es decir, experiencia en términos de un lenguaje —y decir que eso no es así sería sólo probar el punto, dado que eso tendría que estar contenido en un lenguaje, también— al saber a priori que eso es cierto de un lenguaje, uno también conocería una verdad a priori acerca de la realidad: que está hecha de objetos particulares que tienen propiedades abstractas, es decir, propiedades de las que es posible encontrar otros casos; que esos objetos tienen o no alguna propiedad distintiva, y así entonces que hay hechos que pueden decirse, según sea el caso, verdaderos o no; y también que no puede conocerse a priori cuáles son todos los hechos, excepto que ellos también tienen que ser hechos, es decir, instancias de propiedades abstractas particulares. Y una vez más, uno no sabe todo esto por experiencia, ya que la experiencia es solamente lo que puede aparecer en la forma anteriormente descrita.[17]

Con esto en mente podemos ir al campo de la acción para probar el punto específico de que también se tiene conocimiento cierto apriorístico de las acciones y las consecuencias de las acciones porque las acciones, también, son construcciones hechas por los hombres que pueden ser completamente entendidas respecto a sus reglas de construcción; y que no puede considerarse que el empirismo-positivismo —bajo pena de contradicción— debilita o que incluso constituye un reto serio a los argumentos económicos en contra del socialismo, dado que este caso en última instancia descansa en tales fundamentos, mientras que la filosofía empirista entra en contradicción con él.

En el primer paso argumentativo demostraré que la metodología empirista, contrario a su propia afirmación, no puede aplicarse a las acciones y por tanto revela una primera, aunque más bien negativa, instancia de conocimiento apriorístico acerca de las acciones. El empirismo afirma que las acciones, al igual que cualquier otro fenómeno, pueden y deben ser explicadas mediante hipótesis causales que pueden ser confirmadas o refutadas por la experiencia. Ahora bien, si este fuese el caso, el empirismo se vería obligado a asumir (contrario a su propia doctrina de que no hay conocimiento a priori como conocimiento de la realidad) que existen causas que operan de forma invariable en el tiempo respecto a las acciones. Uno no sabe de antemano qué evento particular puede ser la causa de una acción en particular; la experiencia tendría que revelar esto. Pero a fin de proceder de la manera que el empirismo quiere que procedamos —relacionando experiencias diferentes respecto a secuencias de eventos, ya sea confirmando o falsando unas a otras; y si obtenemos una falsación, entonces, respondiendo con una reformulación de la hipótesis causal original— una constancia en el tiempo en la operación de las causas tiene que presuponerse. Sin embargo, si esto fuese cierto, y las acciones de hecho pudiesen considerarse como gobernadas por causas que operan de forma invariable en el tiempo, ¿qué explicar de los que hacen las explicaciones, es decir, las personas que llevan a cabo el proceso mismo de creación de hipótesis, de verificación y falsación; todos nosotros, que actuamos de la manera que los empiristas dicen que actuemos? Evidentemente, para hacer todo esto —asimilando experiencias de confirmación o falsación, reemplazando hipótesis viejas por otras nuevas— uno supuestamente tiene que ser capaz de aprender. No obstante, si uno es capaz de aprender de la experiencia, y el empirista está obligado a admitir esto, entonces uno no puede saber en un momento dado del tiempo lo que sabrá en un momento posterior y cómo actuará sobre la base de ese conocimiento. En lugar de eso, uno sólo puede reconstruir las causas de sus acciones después del evento, ya que solamente puede explicar su conocimiento después de que ya lo posee. Por lo tanto, la metodología empirista aplicada al campo del conocimiento y la acción, que contiene conocimiento como su ingrediente necesario, es simplemente contradictoria: un absurdo lógico.[18] El principio de constancia puede ser correctamente asumido en la esfera de los objetos naturales y, como tal, la metodología de empirismo puede ser aplicable allí, pero con respecto a las acciones, cualquier intento de explicación empírica causal es lógicamente imposible, y esto, que definitivamente es conocimiento sobre algo real, puede ser conocido con certeza. Nada puede ser conocido a priori acerca de una acción particular; pero conocimiento a priori existe respecto a las acciones en la medida en que son acciones. Se puede conocer a priori que ninguna acción puede ser concebida como predecible sobre la base de causas que operan de forma constante.

La segunda idea a analizar respecto a la acción es del mismo tipo. Voy a demostrar que, si bien las acciones en sí no pueden ser concebidas como causadas, cualquier cosa que sea una acción debe presuponer la existencia de causalidad en el mundo físico en el que se realizan las acciones. La causalidad —que la filosofía empirista-positivista de alguna manera tiene que asumir que existe para hacer sus propios procedimientos metodológicos lógicamente posibles, a pesar de que esa suposición definitivamente no puede decirse que sea derivada de la experiencia y justificada en términos de ella— es una categoría de la acción, es decir, es producida o construida por nosotros al seguir una regla de procedimiento; y esa regla, como resulta, prueba ser necesaria para actuar en absoluto. En otras palabras, esa regla es tal que no puede ser concebiblemente falsada, ya que incluso el intento de falsarla la tiene que presuponer.

Después de lo que se ha dicho acerca de la causalidad, debe ser realmente fácil ver que se trata de una característica producida, en vez de dada, de la realidad. Uno no experimenta y aprende que hay causas que siempre operan de la misma forma y sobre las cuales se pueden hacer predicciones sobre el futuro. En vez de eso, uno establece que los fenómenos tienen causas siguiendo un tipo particular de procedimiento de investigación, negando en base a principios alguna excepción, es decir, instancias de inconstancia, y estando preparado para lidiar con ellas mediante la producción de una nueva hipótesis causal cada vez que alguna de tales aparentes inconstancias se produzca. Pero, ¿qué hace a esa forma de proceder necesaria? ¿Por qué tiene uno que actuar de esa manera? Porque comportarse de esa manera es lo que realizar acciones intencionales es; y siempre que uno actúe intencionalmente, presuponer causas que operan de forma constante es precisamente lo que uno hace. Los actos intencionales se caracterizan por el hecho de que el actor interfiere en su medio ambiente y cambia ciertas cosas, o les impide cambiar, y así desvía el curso «natural» de eventos para lograr un resultado o situación preferida; o si una interferencia activa prueba ser imposible, él se prepara para un resultado sobre el que él no puede hacer nada al respecto, excepto anticiparse a tiempo, buscando eventos temporalmente anteriores que indiquen el resultado posterior. En cualquier caso, para producir un resultado que de otra manera no habría ocurrido, o ser capaz de adaptarse a un resultado inevitable que de otra manera hubiese llegado como una sorpresa total, el actor debe presuponer causas que operan de forman constante. Él no interferiría si no asumiera que eso ayudaría a lograr el resultado deseado; y no se prepararía y adaptaría a nada a menos que pensara que los eventos sobre cuya base comenzó sus preparativos fuesen de hecho fuerzas causales que operan de forma constante que producirían el resultado en cuestión, y que los preparativos llevados a cabo de hecho condujeran a la meta deseada. Por supuesto, un actor podría equivocarse respecto a sus supuestos particulares de relaciones de causa y efecto, y un resultado deseado podría no ocurrir a pesar de la interferencia, o un evento anticipado para el cual se hicieron preparativos podría no ocurrir. Pero sin importar lo que pase en este respecto, sea que los resultados se ajusten o no a las expectativas, sea que las acciones respecto a un resultado o evento dado se realicen en el futuro, cualquier acción, cambiada o no cambiada, presupone que hay causas que operan de forma constante, incluso si ninguna causa particular de un evento particular es preconocida por el actor en un tiempo dado. De hecho, refutar que un fenómeno natural se rige por causas que operan de forma invariable en el tiempo requeriría que uno demostrase que tal fenómeno dado no puede ser anticipado o producido sobre la base de variables antecedentes. Pero claramente, tratar de probar eso presupone de nuevo necesariamente que la ocurrencia o no ocurrencia del fenómeno bajo escrutinio podría ser afectada tomando acciones adecuadas y que el fenómeno tiene que estar presuntamente integrado en una red de causas que operan de forma constante. Por lo tanto, uno se ve obligado a concluir que la validez del principio de constancia no puede ser falsada por ninguna acción dado que cualquier acción tendría que presuponerla.[19] (Sólo hay una forma en que se podría decir que «la experiencia» puede «falsar» el principio de constancia: si el mundo físico fuese de hecho tan caótico que uno ya no pudiese actuar en absoluto, luego, por supuesto, no tendría mucho sentido hablar ni una sola palabra sobre un mundo con causas que operan de forma constante. Pero entonces los seres humanos, cuya característica esencial es la de actuar intencionalmente, también dejarían de ser los que experimentan esta inconstancia. Mientras uno sobreviva como un ser humano —y es esto lo que el argumento de hecho dice— el principio de constancia tiene que ser asumido como válido a priori, dado que cualquier acción tiene que presuponerlo y ninguna experiencia que uno pudiese tener podría refutarlo.)[20]

Implicado en la categoría de causalidad está la del tiempo. Cada vez que uno produce o se prepara para un determinado resultado y al hacerlo clasifica eventos como las causas y efectos, también distingue entre eventos anteriores y posteriores. Y ciertamente, esta clasificación no está simplemente derivada de la experiencia, es decir, de la mera observancia de cosas y eventos. La secuencia de experiencias como aparece en el orden temporal de las observaciones de uno es algo muy diferente de la secuencia real de eventos en tiempo real. De hecho, uno puede observar las cosas en un orden exactamente opuesto del orden temporal real en que ocurrieron. Que uno sepa cómo interpretar observaciones de una manera que pueda desviarse del orden temporal correcto en el que se hicieron y que pueda incluso ubicar los eventos en tiempo objetivo requiere que el observador sea un actor y sepa lo que significa producir o prepararse para algún resultado.[21] Sólo porque uno es un actor, y las experiencias son las de una persona que actúa, los eventos pueden ser interpretados como ocurriendo antes y después. Y, uno no aprende de la experiencia que las experiencias tienen que ser interpretadas respecto a las acciones, dado que la realización de cualquier acción presupone ya la posesión de experiencias interpretadas de esa manera. Ninguna persona que no supiera lo que significa actuar podría jamás experimentar eventos ubicados en tiempo real, y por tanto el significado de tiempo tiene que ser asumido como conocido a priori por todo actor por el hecho de que es un actor.

Por otra parte, las acciones no solo presuponen causalidad y orden temporal objetivo, también requieren valores. Los valores tampoco los conocemos mediante la experiencia; en vez de eso, lo opuesto es verda­dero. Uno sólo experimenta cosas porque son cosas sobre las que puede ser colocado un valor positivo o negativo en el curso de acción. Es decir, sólo por un actor las cosas pueden ser experimentadas como cargadas de valores y, incluso de manera más general, sólo porque uno es un actor tiene uno experiencias conscientes en absoluto, dado que ellas informan acerca de cosas que podrían ser valiosas conocer para una persona que actúa. De forma más precisa: con cada acción el actor persigue una meta.[22] Él quiere producir un resultado determinado o estar preparado para un resultado que él no puede evitar que ocurra. Sea cual sea la meta de su acción (que, por supuesto, uno puede sólo conocer de la experiencia), el hecho de que es perseguida por un actor revela que él le asigna valor. De hecho, revela que desde el mismo punto de partida de su acción él le asigna un valor relativamente más alto que a cualquier otra meta de acción que se le ocurrió, de lo contrario él habría actuado de otra manera. También, dado que para alcanzar su meta más valorada un actor tiene que interferir en un punto anterior en el tiempo o tiene que estar buscando un evento anterior a fin de iniciar preparativos para una ocurrencia posterior, toda acción también tiene que emplear medios (al menos los del propio cuerpo y el tiempo absorbido por la interferencia o los preparativos del actor) para producir el fin deseado. Y como se asume que esos medios son causalmente necesarios para alcanzar la meta valorada, de lo contrario el actor no los emplearía, también tiene que asignarse valor a ellos. No sólo las metas, entonces, tienen valor para el actor, sino que los medios también; un valor que es derivado del fin deseado, ya que uno no podría alcanzar el fin sin emplear algunos medios. Además, dado que las acciones sólo pueden llevarse a cabo de forma secuencial por un actor, cada acción implica la realización de una elección. Implica tomar el curso de acción que en el momento de actuar prometía el resultado más altamente valorado para el actor, y que por tanto él le da preferencia; al mismo tiempo implica excluir otras posibles acciones con resultados esperados de valor menor. Como consecuencia de tener que elegir cada vez que uno actúa —de no ser capaz de alcanzar todas las metas valoradas simultáneamente— la realización de toda y cada acción implica incurrir en costos. El costo de una acción es el precio que hay que pagar por tener que preferir un curso de acción sobre otro, y equivale al valor asignado a la meta más valorada que no puede ser alcanzada o cuyo logro ahora tiene que ser postergado, porque los medios necesarios para producirlo están siendo utilizados en la producción de otro fin, incluso más valorado. Y si bien esto implica que en el punto de partida toda acción debe ser considerada como más valiosa que su costo, y capaz de asegurar un beneficio para el actor, es decir, un resultado cuyo valor ocupa un rango más alto que los costos, cada acción también se ve amenazada por la posibilidad de una pérdida. Tal pérdida ocurre si en retrospectiva, el actor se da cuenta de que —contrario a su expectativa previa— el resultado, de hecho, tuvo un valor más bajo que el de la alternativa a la que renunció. Y así como toda acción necesariamente busca un beneficio, la posibilidad de una pérdida también acompaña necesariamente toda acción. Porque el actor puede estar equivocado en su conocimiento causal-tecnoló­gico, y el resultado buscado puede no ser producido con éxito o los eventos para los que fueron producidos pueden no ocurrir; o puede equivocarse porque cada acción requiere un tiempo para ser completada y el valor asignado a diferentes metas puede cambiar en el ínterin, haciendo menos valiosas cosas que antes parecían ser de gran valor.

Todas estas categorías —valores, fines, medios, elección, preferencias, costos, ganancias y pérdidas— están implicadas en el concepto de acción. Ninguna de ellas es derivada de la experiencia. En vez de eso, que uno sea capaz de interpretar experiencias en las categorías anteriores requiere que uno sepa ya lo que significa actuar. Nadie que no sea un actor podría entenderlas dado que no están «dadas», listas para ser experimentadas, sino que la experiencia está enfrascada en esos términos al ser construida por el actor de acuerdo a las normas necesarias para actuar. Y ciertamente, como las acciones son cosas reales y uno no puede no actuar —ya que incluso el intento de hacerlo sería en sí mismo una acción que busca una meta, que requiere medios, que excluye otros cursos de acción, que incurre en costos, sometiendo al actor a la posibilidad de no alcanzar la meta deseada y de así sufrir una pérdida— el conocimiento de lo que significa actuar debe ser considerado conocimiento a priori sobre la realidad. La posesión misma de ese conocimiento no puede ser deshecha o refutada, dado que esto ya presupondría su existencia misma. De hecho, una situación en la que estas categorías de acción cesaran de tener existencia real no podría nunca ser observada, ya que hacer una observación es en sí misma una acción.[23]

El análisis económico, y en particular el análisis económico del socialismo, tienen como fundamento este conocimiento a priori del significado de la acción así como sus componentes lógicos. Esencialmente, el análisis económico consiste de: (1) una comprensión de las categorías de la acción y una comprensión del significado de un cambio en los valores, los costos, el conocimiento tecnológico, etc.; (2) la descripción de una situación en la que estas categorías asumen un significado concreto, donde personas específicas son identificadas como actores con determinados objetos especificados como sus medios de acción, con metas definidas identificadas como los valores y determinadas cosas especificadas como costos; y (3) una deducción de las consecuencias que resultan de la realización de una acción específica en esta situación, o de las consecuencias que resultan para un actor, si esta situación es cambiada en una forma específica. Y esa deducción debe producir conclusiones válidas a priori, siempre que no exista error en el proceso mismo de deducción, estando dadas la situación y el cambio introducido en ella; tal deducción debe también producir conclusiones válidas a priori sobre la realidad si la situación y el cambio introducido en ella, como se han descrito, pueden identificarse como reales, porque entonces su validez en última instancia reposaría sobre la validez indiscutible de las categorías de la acción.

Es sobre este camino metodológico que en la discusión anterior sobre el socialismo la conclusión fue derivada, por ejemplo, que si el trabajo empleado por un actor no era en sí mismo su meta de acción, sino en vez de eso sólo el medio para alcanzar la meta de producir ingresos y si luego este ingreso es reducido contra su consentimiento —a través de impuestos— entonces para él el costo de trabajar ha sido incrementado, ya que el valor de otras metas alternativas que pueden perseguirse por medio de su cuerpo y tiempo se ha incrementado en términos relativos, y por tanto un reducido incentivo para trabajar tiene que resultar. Sobre este camino, también, se llegó a la conclusión —como conclusión a priori— que, por ejemplo, si los usuarios reales de los medios de producción no tienen el derecho de vender a los que ofrecen pagar más, entonces nadie puede establecer los costos monetarios envueltos en producir lo que es realmente producido con ellos (es decir, el valor monetario de las oportunidades a las que se renunció por no usarlos de manera diferente), y ya nadie puede asegurar que esos medios de hecho fueron empleados en la producción de aquellos bienes considerados como los más valorados por los actores al inicio de sus actividades productivas. Por lo tanto, una producción menor en términos de poder adquisitivo tiene que obtenerse.

Después de esta digresión bastante larga en el campo de la epistemología, regresemos ahora a la discusión del socialismo de ingeniería social. Esta digresión fue necesaria con el fin de refutar la afirmación del empirismo-positivismo, que si fuese cierta hubiese salvado al socialismo, de que nada categórico puede decirse contra un plan de políticas, ya que sólo la experiencia puede revelar las verdaderas consecuencias de determinadas políticas. Contra esto he señalado que el empirismo claramente parece contradecir la intuición. De acuerdo a la intuición, la lógica es una fuente más fundamental que la experiencia y también es conocimiento acerca de cosas reales. Además, el empirismo-positivismo resulta ser autocontradictorio, ya que él mismo tiene que presuponer la existencia de conocimiento a priori como conocimiento real. En efecto, existe un stock de conocimiento a priori verdadero que debe ser presupuesto de toda persona que experimenta y actúa, porque ella sabe lo que significa actuar, y que no puede ser posiblemente refutado por la experiencia, ya que el mismo intento de hacerlo presupone la validez de lo que se disputa.

La discusión nos ha llevado a una conclusión que se puede resumir de la siguiente manera: «La experiencia no vence a la lógica, sino que lo opuesto es cierto». La lógica supera y corrige la experiencia y nos dice qué tipo experiencias es posible que podamos tener, y cuáles, en vez de eso, se originan en una mente confusa, y así podrían mejor llamarse «sueños» o «fantasías» en vez de experiencias sobre la «realidad». Con esta confianza restaurada sobre la solidez de los fundamentos sobre la cual el argumento económico contra el socialismo ha sido construido, una crítica directa contra el socialismo de ingeniería social es ahora posible; una crítica que es, nuevamente, lógica, sobre la base de conocimiento a priori, y que demuestra que las metas perseguidas por el socialismo de ingeniería social nunca podrían ser alcanzadas por sus medios propuestos, ya que eso entraría en contradicción con tal conocimiento. La crítica siguiente puede ahora ser breve, ya que la ideología de ingeniería social, aparte de su metodología empirista-positivista que ha sido demostrado defectuosa, no es realmente diferente de las otras versiones de socialismo. Por lo tanto, el análisis dado en los capítulos anteriores respecto al socialismo marxista socialdemócrata y al socialismo conservador se aplica también aquí.

Esto se hace claro una vez que las reglas de propiedad del socialismo de ingeniería social se expresan. En primer lugar, los usuarios-dueños de los recursos escasos pueden hacer lo que quieran con ellos. Pero en segundo lugar, siempre que el resultado de este proceso no es del agrado de la comunidad de ingenieros sociales (es decir, personas que no son usuarios-dueños de las cosas en cuestión y que no tienen un título contractualmente adquirido sobre ellas), esta tiene el derecho de interferir con las prácticas de los usuarios-dueños reales y determinar los usos de dichos medios, restringiendo así sus derechos de propiedad. Además, la comunidad de ingenieros sociales tiene el derecho de determinar unilateralmente cuál es o no el resultado preferido, y puede así restringir los derechos de propiedad de los dueños naturales cuando sea, donde sea, y en la medida que considere necesaria para producir un resultado preferido.

En cuanto a estas reglas de propiedad, uno se da cuenta de inmediato que si bien el socialismo de ingeniería social permite una implementación gradual de sus objetivos con sólo un grado moderado de intervención en los derechos de propiedad de dueños naturales, dado que el grado en que sus derechos pueden ser reducidos será determinado por la sociedad (los ingenieros sociales), la propiedad privada es en principio abolida y las empresas productivas de la gente se llevan a cabo bajo la amenaza de una expropiación cada vez más creciente o incluso total de los dueños privados. En este sentido no hay diferencia alguna entre el socialismo socialdemócrata, el socialismo conservador y la versión de ingeniería social del socialismo. La diferencia se reduce nuevamente a una de psicología social. Mientras el socialismo marxista redistributivo y el socialismo conservador quieren lograr una meta general determinada de antemano —una meta de égalité o la preservación de un orden dado— el socialismo de ingeniería social no tiene tal tipo de diseño. Su idea es una de intervención puntuada, sin principios; una ingeniería flexible, poco sistemática. La ingeniería socialista es así aparentemente mucho más abierta a la crítica, a las reacciones cambiantes, a las nuevas ideas; y esta actitud atrae sin duda a una gran cantidad de personas que no estarían dispuestas a suscribirse a ninguna de las otras formas de socialismo. Por otro lado, sin embargo, y esto debe tenerse en cuenta también, no hay casi nada, incluyendo incluso lo más ridículo, que a los ingenieros sociales no les gustaría probar en sus semejantes, a quienes ellos ven como paquetes de variables a ser técnicamente manipulados como peones en un tablero de ajedrez mediante el establecimiento de los estímulos correctos.

En cualquier caso, dado que el socialismo de ingeniería social no difiere en principio de las otras versiones de socialismo, en que implica una redistribución de títulos de propiedad de los usuarios y los contratistas de recursos escasos hacia los no usuarios y no contratistas, también eleva el costo de producción y conduce así a una reducción en la producción de la riqueza; y esto es necesariamente así y nadie necesita probarlo primero para llegar a esta conclusión. Esta conclusión general es cierta sin importar el curso específico que la ingeniería social pudiese tomar. Digamos que la comunidad de ingenieros sociales no aprueba que algunas personas tengan un ingreso bajo y deciden así fijar salarios mínimos por encima del nivel de mercado actual.[24] La lógica dice a uno que eso implica una restricción a los derechos de propiedad de los empleadores, así como a los empleados a quienes ya no les permiten aceptar ciertos tipos de negociaciones mutuamente beneficiosas. La consecuencia es y tiene que ser el desempleo. En lugar de que les paguen a un salario de mercado más bajo, a algunas personas ya no se les paga en absoluto, ya que algunos empleadores no pueden pagar los costos adicionales o contratar tantas personas como estarían dispuestos a contratar a un menor costo. Los empleadores se verán afectados, dado que ellos pueden sólo emplear menos gente y la producción será por ende menor, en términos relativos; y los empleados se verán afectados, ya que en lugar de tener algún ingreso, aunque bajo, ahora no tienen ningún ingreso. No se puede afirmar a priori cuáles empleados y empleadores sufrirán más con esto, excepto que serán los primeros cuyo trabajo específico tiene un valor relativamente bajo en el mercado, y los segundos que específicamente contrataban ese tipo de trabajo. Sin embargo, sabiendo por experiencia, por ejemplo, que los servicios de mano de obra poco calificada son particularmente frecuentes entre jóvenes, negros, mujeres, personas mayores que quieren reingresar a la fuerza de trabajo después de un largo periodo de trabajo en la casa, etc., puede predecirse con certeza que esos serán los grupos más afectados por el desempleo. Y ciertamente, el hecho mismo de que el problema que la intervención se suponía que curaría originalmente (los ingresos bajos de algunas personas) es ahora incluso peor que antes podía haber sido conocido a priori, ¡con independencia de cualquier experiencia! Pensar que, engañados por la metodología empirista defectuosa, todo esto primero tiene que ser probado, dado que de otro modo no podría haber sido conocido, no sólo es charlatanería científica, igual que todo acto basado en fundamentos intelectuales mal concebidos, sino también extremadamente costoso.

Veamos otro ejemplo, a la comunidad de ingenieros sociales no le gusta el hecho de que las rentas de las casas o departamentos sean tan altas como son, y que por tanto algunas personas no puedan ser capaces de vivir tan cómodamente como ellos piensan que deberían. En consecuencia, se aprueban leyes de control de alquiler, estableciendo rentas máximas para ciertos departamentos.[25] Esta es la situación, por ejemplo, en Nueva York, o en una escala mucho mayor, en toda Italia. Una vez más, sin tener que esperar que las consecuencias se vuelvan reales, uno sabe cuáles serán. La construcción de nuevas viviendas se reducirá, ya que la rentabilidad de la inversión es ahora más baja. Y con respecto a los apartamentos ya existentes, una escasez aparecerá de inmediato, dado que la demanda de los mismos, al precio es más bajo, aumentará. Algunos de los apartamentos más viejos ni siquiera se alquilarán más, si la renta fija es tan baja que el alquiler ni siquiera cubre el costo del deterioro que se produce con sólo vivir y usar el departamento. Luego habría una gran escasez de viviendas junto a miles de apartamentos vacíos (y Nueva York e Italia nos proporcionan ejemplos perfectos de ello). Y no habría forma de salir de eso, dado que todavía no saldría a cuenta construir nuevas viviendas. Además, la escasez creciente resultaría muy costosa en inflexibilidades, dado que las personas que lograron entrar en uno de los apartamentos de bajo precio estarán cada vez menos dispuestas a mudarse, a pesar del hecho de que, por ejemplo, el tamaño de la familia normalmente cambia durante el ciclo de vida y así necesidades muy diferentes en materia de vivienda surgen, y pese al hecho de que diferentes oportunidades de trabajo podrían aparecer en diferentes lugares. Y así un enorme desperdicio de espacio de alquiler ocurre, porque las personas mayores, por ejemplo, que ocupaban grandes departamentos que eran del tamaño adecuado cuando los niños aún vivían en casa, pero son demasiado grande ahora, no se mudarán a departamentos pequeños, dado que no hay ninguno disponible; y las familias jóvenes que necesitan departamentos grandes ya no los encuentran tampoco, precisamente porque esos lugares no serán desocupados. Desperdicios también se producen porque la gente no se mudará a los lugares donde hay la mayor demanda por sus servicios de trabajo específico, o ellos pasarán mucho tiempo viajando de lugares distantes, simplemente porque no pueden encontrar un lugar para vivir donde hay trabajo para ellos, o sólo encuentran departamentos a un precio mucho más alto que su baja renta fija actual. Claramente, el problema que los ingenieros sociales querían resolver por medio de la introducción de leyes de control de alquileres es mucho peor que antes y el nivel general de vida, en términos relativos, ha declinado. Una vez más, todo esto podría haber sido conocido a priori. Para el ingeniero social, sin embargo, mal guiado por la metodología empirista-positivista que le dice que no hay forma de conocer los resultados a menos que las cosas sean realmente probadas, esta experiencia probablemente solo establecerá el escenario para la próxima intervención. Tal vez los resultados no fueron exactamente como se esperaba debido a que uno se había olvidado de controlar algunas otras variables importantes, y uno debe ahora averiguarlo. Pero como este capítulo ha demostrado, hay una manera de saber de antemano que ni el primero ni algún otro acto de intervención subsecuente logrará nunca su meta, dado que implica una interferencia en los derechos de los dueños naturales de las cosas por parte de no usuarios y no contratistas.[26]

Para entender esto, sólo es necesario regresar al razonamiento económico sólido; para darse cuenta de la singular naturaleza epistemológica de la economía como ciencia apriorística de la acción humana que descansa sobre fundamentos cuya negación tiene que presuponer su validez; y para reconocer, a su vez, que una ciencia de la acción basada en la metodología empirista-positivista es tan infundada como la afirmación de que «uno puede tener un pastel y comérselo al mismo tiempo».


Traducido originalmente del inglés por Dante Bayona. Revisado y corregido por Oscar Eduardo Grau Rotela.


Notas

[1] Sobre la posición positivista clásica, véase A. J. Ayer, Language, Truth and Logic, Nueva York, 1950; sobre el racionalismo crítico K. R. Popper, Logic of Scientific Discovery, London, Londres, 1959; Conjectures and Refutations, Londres, 1969; y Objective Knowledge, Oxford, 1973; para afirmaciones representativas del empirismo-positivismo como metodología adecuada para la economía, véase, por ejemplo, M. Blaug, The Methodology of Economics, Cambridge, 1980; T. W. Hutchinson, The Significance and Basic Postulates of Economic Theory, Londres, 1938; y Positive Economics and Policy Objectives, Londres, 1964; y Politics and Philosophy of Economics, New York, 1981; también M. Friedman, «The Methodology of Positive Economics», en: M. Friedman,, Chicago, 1953; H. Albert, Marktsoziologie und Entscheidungslogik, Neuwied, 1967.

[2] Sobre la ingeniería social gradual e incremental, véase K. R. Popper, The Poverty of Historicism, Londres, 1957.

[3] Véase G. Luehrs (ed.), Kritischer Rationalismus und Sozialdemokratie, 2 vols., Bonn, 1975-76.

[4] Sobre lo siguiente, véase M. Hollis y E. Nell, Rational Economic Man, Cambridge, 1975, pp. 3ff.

[5] Véase D. Hume, A Treatise of Human Nature and Enquiry Concerning Human Understanding, en Selby-Bigge (ed.), Hume’s Enquiries, Oxford, 1970; también H. H. Hoppe, Handeln und Erkennen, Bern, 1976.

[6] Véase I. Lakatos, «Falsification and the Methodology of Scientific Research Programmes», en: Lakatos y Musgrave (eds.), Criticism and the Growth of Knowledge, Cambridge, 1970.

[7] Todo esto fue traído al popperismo, principalmente por T. S. Kuhn The Structure of Scientific Revolutions, Chicago, 1964; y fue luego P. Feyerabend quien trazó la conclusión más radical: tirar al tacho la pretensión científica de racionalidad por completo, y abrazar el nihilismo bajo el lema «todo vale» (P. Feyerabend, Against Method, Londres, 1978; y Science in a Free Society, Londres, 1978). Para una crítica de esta conclusión infundada, véase la nota 20 más abajo.

[8] Véase sobre esto y lo siguiente A. Pap, Semantics and Necessary Truth, New Haven, 1958; M. Hollis y E. Nell, Rational Economic Man, Cambridge, 1975; B. Blanshard, Reason and Analysis, La Salle, 1964.

[9] Véase sobre esto W. Kamlah y P. Lorenzen, Logische Propaedeutik, Mannheim, 1967.

[10] Véase L. v. Mises, The Ultimate Foundation of Economic Science, Kansas City, 1978, p. 5: «La esencia del positivismo lógico es negar el valor cognitivo del conocimiento a priori señalando que todas las proposiciones a priori son meramente analíticas, que no proporcionan nueva información, sino que son meramente verbales o tautológicas… Sólo la experiencia puede dar lugar a proposiciones sintéticas. Hay una obvia objeción contra esta doctrina, a saber, que esta proposición es en sí misma una proposición —que el presente autor piensa, falsa— sintética a priori, ya que no puede ser claramente establecida por la experiencia».

[11] M. Hollis y E. Nell remarcan: «Dado que toda afirmación significativa es, para un positivista, analítica o sintética y no ambas al mismo tiempo, podemos pedir una clasificación… Nosotros no sabemos de algún positivista que haya tratado de producir evidencia empírica para afirmaciones (del tipo en cuestión). Tampoco podemos ver cómo hacerlo, a menos que argumentemos que es un asunto de cómo la gente utiliza los términos… lo que nos empujaría simplemente a preguntar “¿Y qué?”» (M. Hollis y E. Nell, Rational Economic Man, Cambridge, 1975, p. 110).

[12] Véase sobre esto H. H. Hoppe, Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozial-Forschung, Opladen, 1983; y «Is Research Based on Causal Scientific Principles Possible in the Social Sciences?», en Ratio, XXV, 1, 1983.

[13] Véase I. Kant, Kritik der reinen Vernunft, en Kant, Werke (ed. Weischedel), Wiesbaden, 1956, vol. II, p. 45.

[14] Esto, por supuesto, es una idea kantiana, expresada en el dictum de Kant de que «la razón puede sólo entender lo que ella misma ha producido de acuerdo a su propio diseño» (Kritik der reinen Vernunft, en: Kant, Werke (ed. Weischedel), Wiesbaden, 1956, vol. II, p. 23).

[15] Véase sobre esto P. Lorenzen, «Wie ist in der Physik Objektivitaet moeglich»; «Das Begruendungsproblem der Geometrie als Wissenschaft der raeumlichen Ordnung», en: Methodisches Denken, Frankfurt/M., 1968; y Normative Logic and Ethics, Mannheim, 1969; F. Kambartel, Erfahrung und Struktur, Frankfurt/M., 1968, cap. 3; también H. dingier, Die Ergreifung des Wirklichen, Muenchen, 1955; P. Janich, Protophysik der Zeit, Mannheim, 1969.

[16] Sobre el problema de las definiciones reales frente a las convencionales o estipulativas, véase M. Hollis y E. Nell, Rational Economic Man, Cambridge, 1975, pp. 177ff. «Definiciones honestas son, desde un punto de vista empirista, de dos clases, léxicas y estipulativas». (p. 177) Pero, «cuando se trata de justificar (este) punto de vista, se nos da presumiblemente una definición de ‘definición’. Cualquiera sea la categoría de definición en que la definición… caiga, no tenemos que aceptarla como de algún valor epistemológico. De hecho, ni siquiera sería una tesis epistemológica posible, a menos que no fuese léxica ni estipulativa. Este punto de vista es inconveniente y se autorrefuta al mismo tiempo. Una opinión contraria con una larga tradición es que hay definiciones ‘reales’, que capturan la esencia de la cosa definida» (p. 178); véase también B. Blanshard, Reason and Analysis, La Salle, 1964, pp. 268f.

[17] Véase A. v. Melsen, Philosophy of Nature, Pittsburgh, 1953, esp. capítulos 1, 4.

[18] Véase también H. H. Hoppe, Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung, Opladen, 1983; y «Is Research Based on Causal Scientific Principles Possible in the Social Sciences» en Ratio XXV, 1, 1983. Aquí el argumento se resume así (p. 37): «(1) Yo y —como posibles oponentes en una argumentación— otras personas somos capaces de aprender. (Esta declaración no puede ser negada sin implícitamente admitir que es correcta. Sobre todo, tiene que ser asumida por cualquiera que investigue causas. En este sentido, la proposición (1) es válida a priori.) (2) Si es posible aprender, uno no puede saber en un momento dado lo que sabrá en un momento futuro y cómo actuará sobre la base de este conocimiento. (Si uno supiera en un momento dado lo que llegará a saber en un tiempo futuro, sería imposible aprender algo; pero véase la proposición (1) sobre este punto.) (3) La afirmación de que es posible predecir el estado futuro del conocimiento de uno mismo y de otros y las acciones correspondientes que manifiestan ese conocimiento (es decir, encontrar las variables que puedan interpretarse como las causas) implica una contradicción. Si el sujeto de un determinado estado de conocimiento o de un acto intencional puede aprender, entonces no hay causas para esto; sin embargo, si hay causas, entonces el sujeto no puede aprender; pero vean de nuevo la proposición (1)».

[19] M. Singer, Generalization in Ethics, Londres, 1863; P. Lorenzen, Normative Logic and Ethics, Mannheim, 1969; S. Toulmin, The Place of Reason in Ethics, Cambridge, 1970; Kambartel F. (ed.), Praktische Philosophie und konstruktive Wissenschaftstheorie, Frankfurt/M., 1974; A. Gewirth, Reason and Morality, Chicago, 1978.

[20] La causalidad, entonces, no es una característica contingente de la realidad física, sino más bien una categoría de la acción, y como tal, un rasgo lógicamente necesario del mundo físico. Este hecho explica por qué, a pesar de la posibilidad explicada más arriba de inmunizar cualquier hipótesis contra posibles refutaciones postulando siempre nuevas variables no controladas, no se derivan consecuencias nihilistas de la investigación científica causal (véase la nota 7 más arriba). Porque si se entiende que la ciencia natural no es una empresa contemplativa, sino en última instancia, un instrumento de la acción (véase sobre esto también J. Habermas, Knowledge and Human Interests, Boston, 1971, esp. capítulo 6), entonces ni el hecho de que las hipótesis pueden ser inmunizadas ni que una selección entre teorías rivales no siempre parezca posible (porque las teorías son, sin duda, subdeterminadas por los datos) afecta en absoluto la existencia permanente del criterio de racionalidad de «éxito instrumental». Ni la inmunización de hipótesis ni referirse a las diferencias paradigmáticas hacen que uno esté menos sujeto a este criterio bajo cuya luz toda teoría en última instancia se muestra conmensurable. Es la inexorabilidad de la racionalidad del criterio de éxito instrumental lo que explica por qué —a pesar de Kuhn, Feyerabend y otros— el desarrollo de las ciencias naturales podría traer progreso tecnológico innegable y constante en última instancia.

Por otro lado, en el campo de la acción humana, donde, como se ha demostrado anteriormente, ninguna investigación científica causal es posible, donde el conocimiento predictivo nunca puede alcanzar el estatus de hipótesis científicas empíricamente comprobables, sino más bien sólo de pronóstico informado, no sistemáticamente enseñable, y donde, en principio, el criterio de éxito instrumental es por ende inaplicable, el fantasma del nihilismo pareciera de hecho ser real, si uno tomara en serio las prescripciones metodológicas empiristas. Sin embargo, no solo son estas prescripciones inaplicables a las ciencias sociales como ciencias empíricas (véase sobre esto H.H. Hoppe, Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung, Opladen, 1983, especialmente el capítulo 2); como muestro aquí, contrario a la doctrina empirista según la cual todo tiene que ser probado antes de que su resultado pueda ser conocido, existe conocimiento a priori sobre la acción, y predicciones apodícticamente verdaderas sobre el mundo social pueden hacerse sobre la base de este conocimiento a priori. Es esto, pues, lo que prueba todas las tentaciones nihilistas como infundadas.

[21] Véase también H.H. Hoppe, Handeln und erkennen, Berna, 1976, pp. 62f.

[22] Véase también L. v. Mises, Human Action, Chicago, 1966; Epistemological Problems of Economics, New York, 1981, y The Ultimate Foundation of Economic Science, Kansas City, 1978.

[23] El carácter apriorístico del concepto de acción —es decir, la imposibilidad de refutar la tesis de que el hombre actúa y que la acción implica las categorías anteriormente explicadas, ya que incluso el intento mismo de refutarla sería una acción— tiene su complemento en el campo de la epistemología en la ley de contradicción y su impensable negación. Respecto a esta ley B. Blanshard escribe: «Negar la ley significa decir que es falsa en lugar de verdadera, que ser falsa excluye que sea verdadera. Pero esto es precisamente lo que supuestamente se negaba. Uno no puede negar la ley de contradicción sin presuponer su validez en el acto de negarla» (B. Blanshard, Reason and Analysis, La Salle, 1964, p. 276).

De hecho, como indica L. v. Mises, el principio de contradicción está implícito en el epistemológicamente más fundamental «axioma de la acción». (L. v. Mises, The Ultimate Foundation of Economic Science, Kansas City, 1978, p. 35). Sobre la relación entre praxeología y epistemología ver también el capítulo 7, n. 5.

[24] Sobre los efectos de los salarios mínimos, véase también Y. Brozen y M. Friedman, The Minimum Wage: Who Pays?, Washington, 1966.

[25] Sobre los efectos del control de alquileres, véase también C. Baird, Rent Control: The Perennial Folly, San Francisco, 1980;  F. A. Hayek y otros, Rent Control: A Popular Paradox, Vancouver, 1975.

[26] Véase también L. v. Mises, A Critique of Interventionism, New Rochelle, 1977.