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La mente de Hans-Hermann Hoppe | The Mind of Hans-Hermann Hoppe

This is a revised Spanish translation made upon the original Spanish version published on Mises.org of an exclusive interview given by Hans-Hermann Hoppe to The Daily Bell from March 27, 2011.

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La mente de Hans-Hermann Hoppe

Esta entrevista exclusiva con Hans-Hermann Hoppe apareció el domingo 27 de marzo de 2011 en el The Daily Bell como «Dr. Hans-Hermann Hoppe on the Impracticality of One-World Government and the Failure of Western-style Democracy» por Anthony Wile.

The Daily Bell (DB): Por favor, conteste estas preguntas como si nuestros lectores no estuviesen familiarizados con su gran obra ni con sus opiniones. Vayamos al grano ¿Por qué la democracia es «el Dios que falló»?

Hans-Hermann Hoppe (HHH): La forma de Estado tradicional, premoderna, es la de una monarquía (absoluta). El movimiento democrático estuvo dirigido contra los reyes y las clases hereditarias de la nobleza. La monarquía fue criticada por ser incompatible con el principio básico de «igualdad ante la ley». Se basaba en privilegios y era injusta y explotadora. Se creyó que la democracia sería la solución a esta situación. Al permitir la participación y la libre entrada al gobierno estatal a todas las personas en igualdad de condiciones, proclamaban los defensores de la democracia, la igualdad ante la ley sería realidad y reinaría la verdadera libertad. Pero todo esto es una gran equivocación.

Es cierto que bajo la democracia cualquiera puede ser rey, por así decirlo, y no solo un círculo privilegiado de personas. Así, en una democracia, teóricamente no existen privilegios personales. Sin embargo, sí existen privilegios funcionales y funciones privilegiadas. Los funcionarios públicos, si actúan en carácter oficial, están gobernados y protegidos por la «ley pública» y ocupan por tanto una posición privilegiada frente las personas que actúan bajo la mera autoridad de la «ley privada». En particular, los funcionarios públicos están autorizados para financiar o subvencionar sus propias actividades mediante los impuestos. Es decir, están autorizados a practicar, y vivir a costa de lo que, en el ámbito privado, entre sujetos de derecho privado, está prohibido y se considera «robo» y «expoliación». Así que el privilegio y la discriminación legal —y la distinción entre gobernantes y súbditos— no desaparecen en la democracia.

Peor aún: bajo la monarquía, la distinción entre gobernantes y gobernados es clara. Sé, por ejemplo, que nunca llegaré a ser rey, y debido a eso tenderé a resistir los intentos del rey de aumentar los impuestos. Bajo la democracia, la distinción entre gobernantes y gobernados se vuelve borrosa. Puede surgir la ilusión de que «nos gobernamos a nosotros mismos», haciendo que la resistencia contra el aumento de los impuestos se disminuya en consecuencia. Yo podría terminar en el extremo receptor: como receptor de impuestos en lugar de pagador de impuestos, y en ese caso vería la tributación desde un punto de vista más favorable.

Y además: siendo un monopolista hereditario, el rey considera el territorio y las personas bajo su dominio como su propiedad personal. Consecuentemente, explotará monopolísticamente esa «propiedad». Bajo la democracia, el monopolio y la explotación monopolística no desaparecen. Más bien, lo que pasa es esto: en vez de un rey y una nobleza, que consideran al país como su propiedad privada, se coloca un custodio, temporal e intercambiable, al mando monopólico del país. El custodio no es propietario del país, pero mientras esté en el poder podrá utilizarlo legalmente para beneficio suyo y de sus protegidos. Es dueño del uso corriente —del usufructo— pero no del capital total. Esto no elimina la explotación. Por el contrario, hace que la explotación sea menos sopesada, menos medida y llevada a cabo con poca o ninguna consideración sobre el capital total. La explotación se vuelve más intensa y se promueve sistemáticamente el consumo del capital.

DB: Si la democracia ha fracasado, ¿qué pondrías en su lugar? ¿Cuál es la sociedad ideal? ¿El anarcocapitalismo?

HHH: Yo prefiero el término «sociedad de ley privada». En una sociedad de ley privada, toda persona e institución está sujeta al mismo conjunto de leyes. No existen leyes públicas que concedan privilegios a personas o a funciones específicas en este tipo de sociedad. Solo existen la ley y la propiedad privadas, aplicables por igual a todas y cada una de las personas. Nadie podría adquirir propiedades por medios que no fuesen la producción, el intercambio voluntario o la apropiación original de recursos sin dueño anterior, y además, nadie poseería el privilegio de cobrar impuestos ni de expropiar. Por otra parte, nadie podría prohibir a otra persona utilizar su propiedad a fin de ingresar en cualquier sector de la economía que ella deseara y competir en el mercado contra quien quisiera.

DB: ¿Cómo se ofrecerían los servicios de justicia y orden en esta sociedad? ¿Cómo funcionaría su sistema ideal de justicia?

HHH: En una sociedad de ley privada, la producción de ley y orden —de la protección— se llevaría a cabo por individuos y organismos que, financiados libremente, compitan entre sí por una clientela dispuesta a pagar (o a no pagar), exactamente como ocurre con la producción de otros bienes y servicios. El funcionamiento de este sistema puede entenderse mejor al contrastarlo con el funcionamiento de nuestro, y muy conocido, sistema estatista actual. Si uno quisiera resumir en una palabra la diferencia decisiva —y la ventaja— de una industria de protección competitiva en comparación con la práctica estatista actual, la palabra sería: contrato.

El Estado opera en un vacío legal. No existe ningún contrato entre el Estado y sus ciudadanos. No se fija por contrato qué bien es propiedad de quién ni qué bien, en consecuencia, debe ser protegido. No se ha acordado qué servicios debe proporcionar el Estado, ni qué va a suceder si el Estado falla en sus deberes, ni cuál es el precio que el «consumidor» de tal «servicio» tiene que pagar. Por el contrario, el Estado fija unilateralmente las reglas del juego y las puede cambiar, mediante legislación, en el transcurso del juego. Obviamente, este comportamiento es inconcebible para proveedores de servicios de protección financiados libremente. Imagínese un proveedor de protección, sea la policía, la compañía de seguros o un árbitro, cuya oferta consistiese en algo más o menos así: yo no voy a garantizar nada contractualmente. No voy a decirle lo que estoy obligado a hacer si, según su opinión, no le cumplo con mi servicio; pero, en todo caso, me reservo el derecho a determinar unilateralmente el precio que tiene que pagar por tan indefinido servicio. Cualquier proveedor de servicios de protección de este tipo desaparecería inmediatamente del mercado debido a la falta absoluta de clientela.

En vez de actuar así, cada productor privado de protección, libremente financiado, tendría que ofrecer a sus clientes potenciales un contrato. Y estos contratos, a fin de ser considerados aceptables para consumidores que están pagando voluntariamente por ellos, deben contener cláusulas y descripciones totalmente claras de la propiedad, así como también claramente definidos los servicios y las obligaciones mutuas. Cada una de las partes de un contrato, a lo largo de su duración o hasta el cumplimiento del contrato, estarían vinculadas a él de acuerdo a sus términos y condiciones, y cualquier cambio en dichos términos o condiciones requeriría el consentimiento unánime de todas las partes interesadas.

En concreto, para ser considerados como aceptables por sus potenciales compradores, estos contratos tendrían que contener cláusulas especificando lo que se haría en caso de un conflicto o controversia entre el protector o agencia aseguradora y sus asegurados, así como también en el caso de conflicto entre diferentes protectores o agencias aseguradoras y sus respectivos clientes. Y en este sentido existe una única solución mutuamente aceptable: en estos casos las partes en conflicto se comprometen contractualmente a someterse a un tribunal de arbitraje dirigido por un tercero que sea independiente y que goce de la confianza mutua de ambas partes. Y en cuanto a esta tercera persona: ella, también, debe estar financiada libremente y en posición de competir con otros árbitros u organismos de arbitraje. Sus clientes, es decir, las compañías de seguros y el asegurado, esperan que ella llegue a un veredicto que sea reconocido como justo y equitativo para todas las partes. Únicamente aquellos árbitros capaces de formar tales juicios tendrán éxito en el mercado del arbitraje. Árbitros incapaces de esto y percibidos como sesgados o parciales desaparecerán del mercado.

DB: ¿Está negando, entonces, que necesitemos el Estado para defendernos?

HHH: Así es. El Estado no nos defiende, al contrario, el Estado nos agrede, y utiliza nuestras propiedades confiscadas para defenderse a sí mismo. La definición típica de Estado es la siguiente: el Estado es una agencia caracterizada por dos funciones exclusivas y lógicamente conectadas. En primer lugar, el Estado es una agencia que ejerce el monopolio territorial de la toma las decisiones de última instancia. Es decir, el Estado es el árbitro y juez de última instancia en cada caso de conflicto, incluidos los conflictos que afectan al mismo Estado y a sus agentes. No hay apelación posible por encima, ni por fuera, del Estado. En segundo lugar, el Estado es una agencia que ejerce un monopolio territorial de tributación. Es decir, es una agencia que puede fijar unilateralmente el precio que sus súbditos tienen que pagar por el servicio del Estado como juez de última instancia. Sobre la base de este marco institucional se pueden predecir con seguridad las consecuencias. En primer lugar, en lugar de prevenir y resolver conflictos, un monopolio que toma decisiones de última instancia causa y provoca el conflicto con el fin de que se resuelva en su propio beneficio. Es decir, el Estado no reconoce ni protege la legislación vigente, más bien distorsiona y pervierte la ley por medio de la legislación. Contradicción número uno: el Estado es un protector de la ley que incumple la ley. En segundo lugar, en lugar de defender y proteger a alguien o algo, un monopolio de tributación siempre se esforzará por maximizar sus gastos en materia de protección y, al mismo tiempo, por reducir al mínimo la producción efectiva de protección. Cuanto más dinero pueda gastar el Estado y menos tenga que trabajar por ese dinero, mejor será su situación. Contradicción número dos: el Estado es un expropiador protector de la propiedad.

DB: ¿Hay algunas leyes y regulaciones buenas?

HHH: Sí. Hay unas pocas leyes simples y buenas que casi todo el mundo reconoce y acepta intuitivamente y que además se puede demostrar que son leyes «verdaderas» y «buenas». Primero: Si no hubiera conflictos interpersonales y todos viviéramos en perfecta armonía, no habría necesidad de ley o norma alguna. El propósito de las leyes o normas es ayudar a evitar conflictos que de otro modo serían inevitables. Solo las leyes que alcanzan ese objetivo pueden ser llamadas leyes buenas. Una ley que genera conflictos en lugar de ayudar a evitarlos es contraria a la finalidad de las leyes, es decir, es una ley mala, disfuncional o perversa.

Segundo: Los conflictos son posibles solo en la medida que los bienes sean escasos. Las personas tienen enfrentamientos debido a que quieren utilizar el mismo bien de maneras diferentes e incompatibles. O bien yo gano y hago lo que quiero o usted gana y hace lo que quiere. Ambos no podemos ser «ganadores». En el caso de bienes escasos, entonces, necesitamos reglas o leyes que nos ayuden a decidir entre argumentos antagónicos y conflictivos. Por el contrario, bienes que son «libres», es decir, bienes que existen en superabundancia, que se vuelven inagotables o infinitamente reproducibles, no son, y no pueden ser, una fuente de conflicto. Cada vez que uso un bien no escaso no se reduce para usted, ni en lo más mínimo, la disponibilidad de este bien. Puedo hacer con él lo que quiero y usted puede hacer con él lo que quiera al mismo tiempo. No hay perdedores. Ambos somos ganadores; y por lo tanto, en la medida en que los bienes en cuestión no sean escasos, nunca habrá necesidad de leyes.

Tercero: Entonces todos los conflictos relacionados con bienes escasos solo pueden evitarse si cada bien es de propiedad privada, es decir, exclusivamente bajo el control de un individuo (o grupo de individuos) específico, y no por varios individuos no especificados, y siempre esté claro cuál bien es la propiedad, y a quién pertenece, y cuál no es. Y para evitar todos los posibles conflictos desde el principio de la humanidad, por así decirlo, solamente es necesario tener una norma que determine como propiedad privada la primera apropiación original de un recurso escaso dado por la naturaleza sin dueño previo. En suma, entonces, son esencialmente tres las «buenas leyes» que garantizan una interacción libre de conflicto o «de paz eterna:» a) el primero que se apropia de algo previamente sin dueño se convierte en su propietario exclusivo (en condición de primer propietario no podría haber entrado en conflicto con nadie porque las otras personas solo aparecerán en escena más tarde), b) aquel que produce algo, utilizando tanto su cuerpo como los bienes apropiados originalmente, se convierte en dueño único y legítimo del producto de su trabajo siempre que en ese proceso no dañe la integridad física de la propiedad de terceros, y c) quien adquiera algo de un propietario anterior o más antiguo por medio del intercambio voluntario, es decir, un intercambio considerado de beneficio mutuo, se convierte en el nuevo propietario de ese bien.

DB: ¿Cómo entonces puede uno definir la libertad? ¿Como la ausencia de coerción estatal?

HHH: Una sociedad es libre, si cada persona es reconocida como dueña exclusiva de su propio (escaso) cuerpo físico; si todos son libres de apropiarse de recursos, previamente sin dueño, convirtiéndolos en propiedad privada; si todos son libres de utilizar su cuerpo y sus bienes apropiados originalmente para producir lo que quieran producir (sin que en el proceso dañen la integridad física de la propiedad de terceros); y si todos son libres de hacer contratos con otros sobre sus respectivas propiedades de cualquier manera considerada mutuamente beneficiosa. Cualquier interferencia con todo esto constituye un acto de agresión, y una sociedad no es libre según la extensión de tales agresiones.

DB: ¿Cuál es su posición sobre los derechos de autor? ¿Crees que la propiedad intelectual no existe como ha propuesto Kinsella?

HHH: Estoy de acuerdo con mi amigo Kinsella, la idea de los derechos de propiedad intelectual no solo es equivocada y confusa sino, además, peligrosa. Y ya he comentado por qué es así. Las ideas —recetas, fórmulas, declaraciones, argumentos, algoritmos, teoremas, melodías, patrones, modelos, ritmos, imágenes, etc.— son sin duda bienes (en la medida en que son buenas, no malas, recetas, etc.), pero no son bienes escasos. Una vez pensadas y expresadas, son bienes libres inagotables. Silbo una melodía o escribo un poema, oyes la melodía o lees el poema y lo reproduces o lo copias. Al hacerlo, no me has quitado nada. Puedo silbar y escribir como antes. De hecho, todo el mundo me puede copiar y aun así, nada han tomado de mí. (Si yo quisiera que nadie copie mis ideas, tan solo tendría que guardarlas para mí mismo y no expresarlas nunca).

Ahora imagine que me han concedido un derecho de propiedad sobre mi melodía o mi poesía de tal manera que puedo prohibirle que la copie, o exigirle una regalía si la copia. En primer lugar: ¿No implica esto que yo, absurdamente, a la vez, tenga que pagar regalías a la persona (o a sus herederos) que inventaron el «silbar» y la escritura, y más adelante a aquellos que compusieron el lenguaje y la reproducción de sonidos, y así sucesivamente? Segundo: Al impedir que silbe mi melodía o recite mi poema o al obligarle a pagar, en caso de que lo haga, me he transformado en realidad en propietario (parcial) de usted: propietario parcial de su cuerpo, de sus cuerdas vocales, de su papel, de su lápiz, etc., porque no utilizó nada, excepto sus propios recursos, cuando me copió. Si ya no puede copiarme, entonces esto significa que yo, el dueño de la propiedad intelectual, le he expropiado a usted y su propiedad «real». Lo que demuestra que los derechos de propiedad intelectual y los derechos de propiedad reales son incompatibles, y la promoción de la propiedad intelectual debe ser vista como uno de los más peligrosos ataques a la idea de la propiedad «real» (de bienes escasos).

DB: Hemos sugerido que si alguien quiere hacer valer derechos de autor hereditarios que lo haga entonces por su propia cuenta, asumiendo los gastos, e intentando a través de diversos medios hacer frente a los violadores de los derechos de autor con sus propios recursos. Esto sitúa la carga de la coerción, y de la vigilancia, en el bolsillo del individuo. ¿Es esta una solución viable, permitir que el mercado mismo decida estas cuestiones?

HHH: Eso sería un gran avance en la dirección correcta. Mejor aún: más y más tribunales en más y más países, especialmente en países fuera de la órbita del cártel de los gobiernos occidentales, dominados por los EEUU, harían claro que ya no oyen casos de violación de derechos de autor, ni de patentes, y considran tales quejas como un truco de las grandes empresas occidentales vinculadas a sus respectivos gobiernos, tales como las empresas farmacéuticas, para enriquecerse a costa de otras personas.

DB: ¿Qué piensas de El poder es la razón de Ragnar Redbeard?

HHH: Uno puede dar dos interpretaciones muy diferentes a esta declaración. No veo ninguna dificultad con la primera. Es así: Yo sé la diferencia entre el «poder» y la «ley», y por tratarse de un hecho empírico, el poder es, de hecho, con frecuencia la ley. La mayoría, si no todo la «ley pública», por ejemplo, es poder disfrazado de ley. La segunda interpretación es la siguiente: No sé la diferencia entre el «poder» y la «ley», porque no hay diferencia. El poder es la ley y la ley es el poder. Esta interpretación se contradice a sí misma. Porque si quisiera defender este argumento como una declaración verdadera en una discusión con otra persona, estaría realmente reconociendo el derecho de su oponente a la propiedad de su propio cuerpo. No se usa la violencia contra él para traerlo al enfoque correcto. Se permite que él llegue a la verdad por sí mismo. Es decir, usted admite, al menos implícitamente, que conoce la diferencia entre el bien y el mal. De lo contrario no habría ningún propósito en discutir. Lo mismo es incidentalmente cierto con la famosa frase de Hobbes de que el hombre es lobo para el hombre. Al afirmar que este enunciado es verdadero, en realidad está probando que es falso.

DB: Se ha sugerido que la única manera de reorganizar la sociedad es a través de un retorno a los clanes y tribus que caracterizaron las comunidades del homo sapiens por decenas de miles de años. ¿Es posible que como parte de esta involución, se pueda volver a enfatizar la justicia tribal o de clan?

HHH: No creo que nosotros, en el mundo occidental, podamos volver a los clanes y tribus. El Estado moderno y democrático ha destruido los clanes y tribus y sus estructuras jerárquicas, porque estaban en el camino del empuje estatista por el poder absoluto. Con los clanes y tribus ausentes, tenemos que intentar con el modelo de sociedad de ley privada que he descrito. Pero allí donde todavía existen las estructuras jerárquicas del clan y de la tribu tradicionales, deberían ser apoyadas, y los intentos de «modernizar» los «arcaicos» sistemas de justicia al estilo occidental deberían ser vistos con máxima suspicacia.

DB: También ha escrito mucho sobre el dinero y los asuntos monetarios. ¿Es necesario un patrón oro para una sociedad libre?

HHH: En una sociedad libre, el mercado produciría dinero como todos los demás bienes y servicios. En un mundo perfectamente cierto y previsible no existiría esa cosa que llamamos dinero. Pero como vivimos en un mundo de contingencias impredecibles, las personas llegan a apreciar también los bienes de acuerdo a su facilidad de comercialización o vendibilidad, o sea, como medio de trueque. Dado que un bien que sea más fácil y ampliamente vendible es preferible como medio de intercambio o de trueque a un bien que sea menos fácil y ampliamente vendible, hay una tendencia inevitable en el mercado para que surja finalmente un único material o producto que se distinga de todos los otros, justamente por ser el más fácil y ampliamente vendible entre todos. Este material o producto es llamado dinero. Siendo el más vendible de todos los bienes, proporciona a su dueño y portador la mejor protección humanamente posible contra la incertidumbre; puede ser utilizado para satisfacción instantánea de una amplia gama de necesidades posibles. La teoría económica no tiene nada que decir en cuanto a cuál producto o material irá a adquirir el estatus de dinero. Históricamente tal material ha sido el oro. Pero si la constitución física de nuestro mundo fuese diferente o llegara a ser diferente de lo que es ahora, algún otro producto o material se convertirían o podrían convertirse en dinero. El mercado decidirá. En todo caso, no hay necesidad de que el Estado venga a inmiscuirse en nada de esto. El mercado ha proveído y proveerá algún dinero-mercancía, y la producción de ese material, cualquiera que sea, está sujeta a las mismas fuerzas de la oferta y la demanda que determinan la producción de todo lo demás.

DB: ¿Y qué dice del paradigma de la banca libre? ¿La banca fraccionaria privada debe ser tolerada o es un delito? ¿Quién va a llevar gente a la cárcel por la banca fraccionaria privada?

HHH: Suponga que el oro es dinero. En una sociedad libre, usted tiene la libre competencia en las minas de oro, tiene la libre competencia en la acuñación de oro, y tiene bancos compitiendo libremente. Los bancos ofrecen diversos servicios financieros: custodia de dinero, servicios de compensación, y la intermediación entre ahorradores y prestatarios inversionistas. Cada banco emite su propio tipo de «notas» o «certificados» que documentan las diversas operaciones y las resultantes relaciones contractuales entre el banco y el cliente. Tales «notas» o billetes son negociables libremente. Hasta aquí todo va bien. La polémica entre los banqueros libres es solo el estatus de la banca de depósito de reserva fraccionaria y de los billetes bancarios. Digamos que A deposita 10 onzas de oro en un banco y recibe un billete (un sustituto del dinero) redimible por su valor a la presentación por el portador. Sobre la base de un depósito, entonces, el banco otorga un préstamo a C, por 9 onzas de oro y emite un billete en este sentido, una vez más redimible por su valor al portador.

¿Debería ser permitido esto? Creo que no. Porque ahora hay dos personas, A y C, que son propietarias exclusivas de la misma y única suma de dinero. Una imposibilidad lógica. O dicho de otro modo, solo hay 10 onzas de oro, pero a A se le da un título por 10 onzas y C guarda uno por 9 onzas. Es decir, hay más títulos de propiedad que propiedad. Obviamente, esto constituye un fraude, y en todas las áreas, excepto en asuntos monetarios, los tribunales también han considerado la práctica como fraude y han castigado a quienes los cometen. Por otro lado, no habría problema alguno si el banco dijese a A que iría a pagarle intereses sobre sus depósitos, invirtiéndolos, por ejemplo, en un fondo mutuo del mercado monetario constituido por papeles financieros de alta liquidez y a corto plazo, y prometiendo hacer todos los esfuerzos posibles para restituir a A, una cantidad fija de dinero, al momento que este exigiese de vuelta su inversión. Tales fondos de inversión bien podrían tornarse muy populares y mucha gente querría depositar su dinero en ellos en lugar de hacerlo en cuentas de depósito normales. Pero las acciones en fondos de inversión nunca podrán funcionar como dinero o medio de trueque. En esas condiciones, tales acciones jamás podrían ser la mercancía, el material o producto, más fácil y ampliamente vendible de todos.

DB: ¿Cuál es su posición con respecto al paradigma actual de la banca central? ¿Es la banca central, como está constituida actualmente, el desastre principal de nuestro tiempo?

HHH: La banca central es sin duda uno de los grandes causantes del desbarajuste de nuestra época. Los bancos centrales, y, en particular, el Sistema de la Reserva Federal, fueron los responsables de la destrucción del patrón oro, el cual siempre fue un obstáculo para las políticas inflacionistas, y de su sustitución, desde 1971, por un patrón monetario exclusivo de papel moneda (dinero fiduciario) y de curso legal forzoso. Desde entonces, los bancos centrales tienen la capacidad de crear dinero virtualmente de la nada. Una mayor cantidad de papel moneda no hace a una sociedad más rica, y es obvio, se trata solamente de una mayor cantidad de papel impreso. De lo contrario, ¿por qué existen aún países pobres y personas pobres alrededor? Porque la creación de más dinero tiene una función primordial: enriquecer a su productor monopolístico (el banco central) y a todos los receptores iniciales de ese dinero (el gobierno y los grandes bancos y sus clientes principales vinculados al gobierno) a costa de empobrecer a los receptores tardíos y finales del dinero.

Gracias al poder ilimitado de imprimir dinero del cual goza un banco emisor, los gobiernos pueden incurrir en déficit presupuestarios cada vez más altos y acumular endeudamientos cada vez mayores para financiar guerras, frías o no, en el extranjero o en casa, y la participación en un flujo infinito de actividades inútiles, que de otro modo sería imposible financiar. Gracias al banco central, varios «expertos monetarios» y «líderes de la macroeconomía» pueden, al ser puestos en la nómina, convertirse en propagandistas del gobierno que «explican», como alquimistas, cómo la piedra (papel-moneda) puede transformarse en pan (riqueza). Gracias al banco central, las tasas de interés pueden ser artificialmente reducidas a cero, canalizando crédito para proyectos y mano de obra insolventes al mismo tiempo que escasean el crédito genuino para proyectos y personas solventes y realmente dignas de crédito, provocando inversiones cada vez mayores en burbujas insostenibles, las cuales, al estallar, generan colapsos cada vez más espectaculares. Y gracias al banco central, enfrentamos la dramáticamente creciente amenaza de una inminente hiperinflación cuando los pollos lleguen por fin a casa a pernoctar y al gaitero debamos pagar.

DB: Hemos señalado a menudo que las siete colinas de Roma fueron inicialmente sociedades independientes al igual que las ciudades-estado italianas durante el Renacimiento y las 13 colonias de la República de los EEUU. Parece que los grandes imperios comienzan como comunidades individuales donde la gente puede abandonar una comunidad si son oprimidos y emigran a una comunidad cercana a comenzar de nuevo. ¿Cuál es la fuerza motriz detrás de este proceso de centralización? ¿Cuáles son los bloques de construcción del Imperio?

HHH: Todos los Estados tienen que comenzar pequeños. Eso facilita que la gente huya, que escape. Sin embargo, los Estados son por naturaleza agresivos, como ya he explicado. Pueden externalizar el costo de la agresión en los demás, es decir, en los desventurados pagadores de impuestos. No les gusta ver huir a la gente productiva y tratan de capturarlos expandiendo su territorio. Mientras más gente productiva controle, mejor estará el Estado. Este deseo de expansión encuentra oposición en otros Estados. Solo puede haber un monopolio supremo de justicia y cobro de impuestos en un territorio dado. Es decir, la competencia entre los diferentes Estados es eliminatoria. O bien A gana y controla el territorio, o bien B. ¿Quién gana? Al menos en el largo plazo, el Estado que ganará —y se apoderará del territorio de otro o establecerá su hegemonía sobre él y lo obligará a rendir homenaje— será aquel que pueda parasitar de la economía comparativamente más productiva. Es decir, siendo todo lo demás constante, los Estados cuyas economías son más «liberales» (en el sentido europeo clásico de «liberal») tenderán a conquistar a los Estados menos «liberales», es decir, los Estados iliberales u opresivos.

Fijándonos solo en la historia moderna, podemos de esa forma explicar primero la ascensión de la liberal Gran Bretaña a la categoría del Imperio más importante del mundo y, después, subsecuentemente, la de la liberal Unión Americana (los EEUU). Y podemos comprender una aparente paradoja: por qué aquellas potencias imperiales internamente liberales como EEUU tienden a ser más agresivas y beligerantes en su política exterior que aquellas potencias internamente opresivas, como la antigua Unión Soviética. El liberal imperio de EEUU era el seguro ganador en sus guerras y aventuras militares en el extranjero, mientras que la opresiva Unión Soviética temía que pudiera perder.

Pero la construcción del Imperio también lleva consigo las semillas de su propia destrucción. Cuanto más se acerca el Estado a su meta final de dominación mundial y del gobierno mundial único, menos motivos tienen para mantener su liberalismo interno y más razones tienen para hacer justamente aquello que todos los Estados están propensos a hacer de todos modos, es decir, adoptar una línea dura y aumentar su explotación sobre la gente productiva que aún queda. En consecuencia, sin tributarios adicionales disponibles y la productividad doméstica estancada o cayendo, las políticas internas del Imperio de pan y circo ya no pueden mantenerse. La crisis económica golpea, y el colapso económico inminente comienza a estimular tendencias de descentralización, los movimientos separatistas y secesionistas, y conduce a la desintegración del Imperio. Ya hemos visto que esto suceda con Gran Bretaña, y estamos viendo lo mismo ahora, con EEUU y su Imperio en aparente recta final.

Hay también un aspecto importante en el lado monetario de este proceso. El Imperio dominante típicamente proporciona la moneda de reserva internacional, primero Gran Bretaña con la libra esterlina y ahora EEUU con el dólar. Con el dólar usado como moneda de reserva por los bancos centrales extranjeros, EEUU puede incurrir en un permanente «déficit sin lágrimas». Es decir, EEUU no tiene que pagar por sus constantes excesos de importaciones en relación con las exportaciones, como sería normal entre socios «iguales», teniendo que exportar una cuantía creciente de bienes al exterior (las exportaciones pagan por las importaciones). Más bien: En lugar de utilizar sus ingresos de las exportaciones para comprar productos americanos para el consumo doméstico, los gobiernos extranjeros y sus bancos centrales, como un signo de vasallaje ante el dominante EEUU, usan sus reservas en dólares de papel para comprar bonos del gobierno de EEUU para ayudar a los americanos a seguir consumiendo más allá de sus medios.

No sé suficiente de China para entender por qué están utilizando sus enormes reservas en dólares para comprar bonos del gobierno de EEUU. Después de todo, se supone que China no forma parte del imperio americano. Tal vez sus gobernantes han leído demasiados libros de texto americanos de economía y ahora también creen en la alquimia. Pero si China tan solo se deshiciera de sus bonos del Tesoro de EEUU y en cambio acumulara reservas de oro, eso sería el fin del imperio de EEUU y del dólar como lo conocemos hoy.

DB: ¿Es posible que una sombra de familias imposiblemente ricas localizadas en la ciudad de Londres sea parcialmente responsable de todo esto? ¿Buscan estas familias y sus facilitadores un gobierno mundial de élites? ¿Es una conspiración? ¿Ve usted el mundo en estos términos: como una lucha entre los impulsos de centralización de las élites y los impulsos más democráticos del resto de la sociedad?

HHH: No estoy seguro de si la conspiración sigue siendo la palabra adecuada, porque mientras tanto, gracias a gente como Carroll Quigley, por ejemplo, se sabe mucho acerca de lo que está pasando. En cualquier caso, no cabe duda de que hay familias tan increíblemente ricas, asentadas en Londres, Nueva York, Tel Aviv y en otros lugares, que ya han percibido el inmenso potencial para el enriquecimiento personal en el proceso de construcción del Estado y el Imperio. Los presidentes de las grandes casas bancarias jugaron un papel clave en la fundación de la Reserva Federal, porque percibieron que la banca central permitiría a sus propios bancos inflar y expandir el crédito por encima del dinero y el crédito creados por el banco central, y que un prestamista «de última instancia» jugaba un papel decisivo al permitirles cosechar ganancias privadas siempre y cuando las cosas marcharan bien y socializar los costos cuando no lo hicieran.

Percibieron que el patrón oro clásico se presentaba como un obstáculo natural a la inflación y la expansión del crédito, así que primero ayudaron a establecer un patrón oro falso (el estándar de intercambio del oro) y, a continuación, después de 1971, un régimen de papel moneda puro. Comprendieron que un sistema de libre fluctuación de monedas fiduciarias nacionales era todavía imperfecto, en cuanto a los deseos inflacionistas se refiere, ya que la supremacía del dólar podía verse amenazada por otras monedas en competencia, tales como un marco alemán fuerte, por ejemplo; y con el fin de reducir y debilitar esta competencia apoyaron los esquemas de «integración monetaria» tales como la creación de un Banco Central Europeo (BCE) y del Euro.

Y percibieron que el sueño supremo de un poder ilimitado de falsificación y creación de dinero se haría realidad, con solo tener éxito en la creación de un banco central mundial dominado por EEUU, que emitiera un papel-moneda mundial como el bancor o el fénix; y entonces ayudaron a establecer y financiar una multitud de organizaciones tales como el Consejo de Relaciones Exteriores, la Comisión Trilateral, el Grupo Bilderberg, etc., que promueven este objetivo. Además, los líderes industriales reconocieron las tremendas oportunidades de beneficio creadas por los monopolios concedidos por el Estado, por los subsidios del gobierno, y por los contratos exclusivos de costo incrementado, liberándolos o protegiéndolos de la competencia, y por lo que ellos también se aliaron e «infiltraron» al Estado.

No hay «accidentes» en la historia, y sí hay acciones cuidadosamente planificadas que dan lugar a consecuencias inesperadas, imprevistas y no premeditadas. Pero la historia no es solo una secuencia de accidentes y sorpresas. La mayor parte de ella ha sido concebida y diseñada intencionalmente. No por la gente común, por supuesto, sino por las élites del poder en el control del aparato estatal. Si quisiéramos evitar que la historia siga su actual y previsible curso rumbo a un desastre económico sin precedentes, entonces, es realmente imperativo provocar la indignación pública exponiendo, sin descanso, los perversos motivos y maquinaciones de las élites del poder, no solo de quienes trabajan en el aparato estatal, sino especialmente de los que estando afuera, entre bastidores, tiran de las cuerdas.

DB: Ha sido nuestra tesis que, al igual que la imprenta de Gutenberg hizo estallar las estructuras sociales existentes en su época, así también lo está haciendo la Internet hoy en día. Creemos que la Internet puede marcar el comienzo de un nuevo Renacimiento después de la Edad Oscura del siglo 20. ¿Está de acuerdo? ¿No está de acuerdo?

HHH: Es cierto que ambos inventos revolucionaron la sociedad y mejoraron enormemente nuestras vidas. Es difícil imaginar cómo sería regresar a la era pre-Internet, o la era pre-Gutenberg. Soy escéptico, sin embargo, en cuanto a la capacidad de las revoluciones tecnológicas en sí y por sí mismas de traer progreso moral y avance hacia una mayor libertad. Estoy más inclinado a pensar que la tecnología y los avances tecnológicos son «neutrales» en este sentido. La Internet puede ser utilizada para desenterrar y difundir la verdad tanto como para difundir mentiras y confusión. Se nos han dado posibilidades sin precedentes de eludir y socavar a nuestro enemigo el Estado, pero también se han dado al Estado posibilidades sin precedentes de espiarnos y arruinarnos. Somos más ricos hoy en día, con la Internet, de lo que éramos sin ella, digamos, en 1900, (y somos más ricos, no por el Estado, sino a pesar de él). Pero tendría que negar enfáticamente que hoy seamos más libres de lo que éramos en 1900. Todo lo contrario.

DB: ¿Algunas consideraciones finales? ¿Puede decirnos en que está trabajando ahora? ¿Qué libros o sitios web le gustaría recomendar?

HHH: Una vez me desvié de mi principio de no hablar acerca de mi trabajo hasta haberlo concluido. Me he arrepentido de esta desviación. Fue un error que no voy a repetir. En cuanto a los libros, recomiendo, sobre todo, la lectura de las obras principales de mis dos maestros, Ludwig von Mises y Murray Rothbard, no solo una vez, sino repetidamente de vez en cuando. La obra de ambos sigue siendo incomparable y permanecerá insuperable por mucho tiempo. En cuanto a los sitios web, visito regularmente a mises.org y lewrockwell.com. En cuanto a otros sitios: me han llamado un extremista, un reaccionario, un revisionista, un elitista, un supremacista, un racista, un homofóbico, un antisemita, un derechista, un teócrata, un ateo cínico, un fascista y, por supuesto, un mote obligado para todos los alemanes, un nazi. Por lo tanto, es de esperar que tenga una debilidad por sitios políticamente «incorrectos» que todo hombre «moderno», «decente», «civilizado», «tolerante» y «iluminado» se supone que debe ignorar y evitar.

DB: Gracias por concedernos su tiempo para responder nuestras preguntas. Ha sido un honor especial abordarlo con ellas en el contexto de su extraordinaria obra.

HHH: Fue un placer.


Traducción original revisada y corregida por Oscar Eduardo Grau Rotela. El artículo original se encuentra aquí.