≡ Menu

Una crítica al pensamiento de Hayek sobre la evolución social | A critique of Hayek’s thought on social evolution

Oscar Grau has translated Hoppe’s critique of Hayek’s social evolution theory included in his essay F. A. Hayek on Government and Social Evolution: A Critique (1993).

For more Spanish translations, click here.

Una crítica al pensamiento de Hayek sobre la evolución social

Este es un extracto del artículo «F. A. Hayek on Government and Social Evolution: A Critique» de Hans-Hermann Hoppe, publicado en The Review of Austrian Economics Vol. 7, Número 1, en el año 1993.

La evolución social

El carácter místico-colectivista de la teoría de la evolución social espontánea de Hayek sale a la luz en pasajes como estos:

  1. «En el proceso de transmisión cultural, en el que los modos de conducta se transmiten de generación en generación, tiene lugar un proceso de selección, en el que prevalecen aquellos modos de conducta que conducen a la formación de un orden más eficiente para todo el grupo, porque tales grupos prevalecerán sobre otros».[1]
  2. «En la medida en que tales reglas hayan prevalecido porque el grupo que las adoptó tuvo más éxito, nadie necesita haber sabido nunca por qué ese grupo tuvo éxito y por qué, en consecuencia, sus reglas fueron adoptadas generalmente».[2]
  3. «La cultura (…) es una tradición de reglas de conducta aprendidas que nunca han sido ‘inventadas’ y cuya función los individuos que actúan no entienden usualmente (…), el resultado de un proceso de descarte y tamizado, dirigido por las ventajas diferenciales obtenidas por los grupos a partir de prácticas adoptadas por algunas razones desconocidas y quizá puramente accidentales».[3] «El hombre no adoptó nuevas reglas de conducta porque fuera inteligente. Se volvió inteligente al someterse a nuevas reglas de conducta».[4] «Nunca hemos diseñado nuestro sistema económico. No éramos lo suficientemente inteligentes para eso. Hemos caído en él y nos ha llevado a alturas imprevistas y ha dado lugar a ambiciones que todavía pueden llevarnos a destruirlo».[5]
  4. La civilización «resultó no del diseño o la intención humana, sino espontáneamente: surgió de la conformidad involuntaria con ciertas prácticas tradicionales y en gran medida morales, muchas de las cuales tienden a desagradar a los hombres, cuyo significado generalmente no logran comprender, cuya validez no pueden probar y que, sin embargo, se han extendido con bastante rapidez por medio de una selección evolutiva —el aumento comparativo de la población y la riqueza— de aquellos grupos que las siguieron».[6] «Las tradiciones morales superan las capacidades de la razón».[7] «La mente no es una guía sino un producto de la evolución cultural, y se basa más en la imitación que en la perspicacia o la razón».[8]

La teoría de Hayek, entonces, consta de estas tres proposiciones:

(1) Una persona realiza inicialmente una acción espontánea sin saber por qué y con qué propósito; y una persona retiene esta práctica sin ninguna razón, ya sea que haya resultado exitosa o no (porque sin propósito ni meta no puede haber éxito ni fracaso). (Mutación cultural).

(2) La nueva práctica es imitada por otros miembros del grupo, otra vez sin ningún motivo o razón. La proliferación de la práctica se detiene una vez que todos los miembros del grupo la han adoptado. (Transmisión cultural).

(3) Los miembros de otros grupos no imitan la práctica. Aquellos grupos que adoptan espontáneamente e imitan inconscientemente una práctica moral mejor exhibirán un crecimiento demográfico comparativamente más alto, una mayor riqueza, o de lo contrario de alguna manera «prevalecerán». (Selección cultural).

Hayek afirma que esta teoría explica la evolución de la propiedad privada, la división del trabajo y el intercambio, así como del dinero y el gobierno. De hecho, sin embargo, estas prácticas e instituciones brindan ejemplos perfectos para demostrar todo el absurdo de la teoría (tanto que Hayek no puede evitar contradecir su propia teoría una y otra vez).[9]

La mutación cultural

La teoría de la espontaneidad de Hayek podría aplicarse a los vegetales (aunque tendría dificultades incluso aquí debido al «lamarckismo»[10] asumido explícitamente por Hayek), pero definitivamente no es aplicable a los actores humanos. Cada acción implica el empleo intencionado de medios escasos, y cada actor siempre puede distinguir entre una acción exitosa y una no exitosa. El concepto de acción inconsciente-espontánea a la Hayek es una contradictio in adjecto. Actuar es siempre consciente y racional. Por ende, la teoría de Hayek conduce a un dilema ineludible: si uno aplica la teoría de Hayek a sí mismo, entonces su propia actividad de escribir libros no es más que una emanación sin propósito sobre cual las cuestiones de verdadero o falso y de éxito o fracaso simplemente no surgen. O la escritura de Hayek representa una acción con propósito. Sin embargo, en este caso su teoría es obviamente falsa, porque al ilustrarse a sí mismo (y a nosotros) sobre el curso de la evolución social, Hayek ya no actúa espontáneamente, sino que intenta en su lugar dar forma al cambio social de manera consciente y racional.

Con respecto, particularmente, al problema del origen de la propiedad privada; solo es necesario insertar en la proposición (1) prácticas tales como la apropiación original de un bien previamente sin dueño o la producción de un bien de capital para reconocer inmediatamente su absurdo. La apropiación y la producción de bienes de capital son actividades con propósito. Uno realiza la apropiación original y produce bienes de capital porque prefiere más bienes a menos y reconoce la mayor productividad física de la tierra apropiada y la producción capitalista. Incluso si la invención de un bien de capital como, por ejemplo, un martillo o un hacha, sucedió primero por accidente, el inventor todavía reconoció para qué propósito era útil, y cualquier repetición de la práctica inventada ocurrió entonces intencionalmente y con la razón.

La transmisión cultural

Igualmente absurda es la teoría de Hayek de la «asociación espontánea» a través de la imitación inconsciente. La imitación de las prácticas de apropiación original y de producción capitalista indirecta por parte de otros está igualmente motivada por el deseo de mayor riqueza personal. Es una imitación justificada. No son necesarias ni la fuerza externa, ni el azar, ni la espontaneidad para explicarla. Tampoco son necesarias para luego explicar el surgimiento de la división del trabajo y el intercambio interpersonal. La gente reconoce y siempre ha reconocido que la división del trabajo y el intercambio voluntario conducen a una mayor productividad física que si uno fuera a permanecer en la autosuficiencia.[11] Asimismo, para el origen de una economía monetaria uno no debe esperar por una mutación espontánea. Bajo condiciones de incertidumbre, en cualquier economía de trueque es inevitable que las ventas se detengan en algún momento (siempre que no exista una doble coincidencia de deseos). En esta situación, una persona aún puede aumentar su propia riqueza, si reconoce que los bienes pueden emplearse no solo para uso personal, sino también como medio de intercambio —con fines de reventa— y si luego logra adquirir un bien más comercializable a cambio por uno menos comercializable. La demanda de un bien como medio de intercambio aumenta aún más la comerciabilidad de este bien. La práctica será imitada por otros para resolver sus propios problemas de ventas, y en el curso de un proceso de imitación que se refuerza a sí mismo, tarde o temprano surgirá un único medio universal de intercambio —un dinero mercancía— que se distingue singularmente de todos los otros bienes por ser el de mayor grado de reventa.[12]

Nada de esto es resultado del azar. En todas partes, en el origen de la propiedad privada, el intercambio y el dinero, están en juego el propósito individual, la perspicacia y la acción de interés propio.

De hecho, su teoría es tan evidentemente errónea que Hayek frecuentemente recula a una segunda variación más moderada. Según esta versión, la división del trabajo y el intercambio son «las consecuencias no deseadas de la acción humana», «el resultado de la acción humana pero no del diseño humano».[13] El proceso de asociación humana puede no proceder por completo de manera inconsciente, pero en gran parte sí. Un actor puede ser capaz de reconocer sus ganancias personales a partir de actos de apropiación, producción, intercambio y dinero —utilización— y, en esta medida, el proceso de evolución puede parecer racional. Sin embargo, un actor no puede reconocer las consecuencias indirectas de sus acciones (y supuestamente son estas consecuencias inconscientes e involuntarias para la sociedad en su conjunto las que son decisivas para el éxito o el fracaso evolutivo de las prácticas individuales). Y como estas consecuencias no pueden ser conocidas, el proceso de evolución social es finalmente irracional,[14] motivado no por ideas o explicaciones verdaderas o falsas, sino por un ciego mecanismo inconscientemente eficaz de selección de grupo.

Sin embargo, esta variante también es contradictoria y absurda.

Primero, es autocontradictorio caracterizar las acciones por sus consecuencias indirectas inconscientes y luego, en el próximo aliento, nombrar estas consecuencias. Si las consecuencias indirectas pueden ser nombradas y descritas, también pueden ser intencionadas. De lo contrario, si son realmente inconscientes, nada se puede decir de ellas. Algo sobre lo que uno no puede decir nada obviamente no puede tener una influencia identificable en las acciones de nadie; ni se le puede hacer responsable del diferente éxito evolutivo de diferentes grupos. Por lo tanto, desde el principio no tiene sentido describir —como lo hace Hayek— la tarea de un teórico social como la de explicar los «patrones y regularidades no planeados que encontramos que existen en la sociedad humana».[15] La tarea del teórico social es explicar las consecuencias directas e indirectas (no: las intencionales y no intencionales) de las acciones humanas y así contribuir a una racionalización progresiva de la acción humana: una expansión del conocimiento de las metas posibles (intencionales y factibles) y la compatibilidad o incompatibilidad mutua de varias metas.[16]

En segundo lugar, la variación moderada tampoco puede explicar el origen de la división del trabajo, el intercambio y el dinero. Se puede conceder inicialmente a Hayek que es posible que una persona que realiza un intercambio o adquiere un medio de intercambio por primera vez reconocerá entonces solo su propia ganancia personal (pero no las consecuencias sociales indirectas). Puede que no sepa (y la humanidad en sus comienzos ciertamente no lo sabía) que, como intercambiador y usuario de dinero, contribuye en última instancia al desarrollo de un mercado mundial, integrado a través de un único dinero-mercancía empleado universalmente (históricamente, el oro), al constante crecimiento de la población, a una división del trabajo cada vez más expansiva y a una riqueza económica mundial en continuo crecimiento. Además, es imposible en principio predecir hoy (o en cualquier momento del presente) la diversidad, las cantidades, los precios y la distribución personal de los bienes futuros. Pero esto no se sigue de la conclusión escéptica y antirracionalista de Hayek (de que «el progreso guiado no es progreso», que «no podemos prejuzgar las propiedades morales de los resultados evolutivos» y que «nunca hemos diseñado nuestro sistema económico, sino que hemos caído en él, y aún puede llevarnos a la destrucción»).

Pues incluso si una persona no comprende de inmediato las consecuencias sociales indirectas de sus propias acciones, es difícil imaginar cómo esta ignorancia podría durar mucho tiempo. Una vez que ocurren intercambios repetidos entre comerciantes específicos, o una vez que uno ve la propia práctica de adquirir un medio de intercambio copiado por otros, uno comienza a reconocer que las propias acciones no son solo unilaterales sino mutuamente beneficiosas. Incluso si uno fuera todavía incapaz de predecir sistemáticamente el desarrollo de los mercados futuros y la forma y composición de la riqueza futura, entonces, con la naturaleza de un intercambio bilateral y un medio de intercambio, uno reconocería al mismo tiempo el principio de justicia interpersonal y de progreso económico individual y universal: cualquier resultado que surja de los intercambios voluntarios es justo; y el progreso económico consiste en la expansión de la división del trabajo basada en el reconocimiento de la propiedad privada y la universalización del uso del dinero y el cálculo monetario. Incluso si la división del trabajo, el dinero y el cálculo económico se vuelven rutina en el transcurso del tiempo, el reconocimiento de los fundamentos de la justicia y la eficiencia económica nunca más desaparece por completo. Una vez que, por la razón que sea, se produzca una ruptura completa de la división del trabajo (guerra) o de la moneda (hiperinflación), la gente lo recordará. Entonces no deben esperar inconscientemente el curso posterior de la evolución social, su propia extinción. Más bien, son capaces de reconocer la ruptura como tal y saben (y siempre han sabido) cómo comenzar sistemáticamente de nuevo.

Además, como demuestran claramente los ejemplos de Carl Menger y Ludwig von Mises citados por Hayek, ni siquiera debe llegar una catástrofe antes de que uno recupere la conciencia. Tan pronto como uno ha comprendido los pensamientos de estos hombres, uno puede actuar con plena comprensión de las consecuencias sociales de sus actividades. La evolución no procede por encima de las cabezas de los individuos que actúan, sino que en su lugar se convierte en un proceso de cambio social conscientemente planeado y/o experimentado. Cada progresión y cada contratiempo en el proceso de integración económica puede identificarse y explicarse, y la identificación consciente de los contratiempos en particular hace posible que uno pueda adaptarse conscientemente a una catástrofe antes de que realmente ocurra o que un error será corregido conscientemente (en la medida en que uno posea control sobre él).

Por otra parte, así como las personas no están condenadas a caer ciegamente en la autodestrucción, tampoco deben permanecer pasivas e impotentes frente a un declive económico previsto. Más bien, en todo momento uno puede expandir sistemáticamente el rango de errores controlables y, por tanto, corregibles. Porque cualquier descarrilamiento institucionalizado en el proceso de integración y asociación económica —tales como expropiaciones gubernamentales, impuestos, depreciaciones de la moneda o restricciones comerciales— debe contar con la aprobación de la mayoría del público. Sin ese apoyo de la opinión pública, por renuente que sea, su aplicación continua se vuelve imposible. Por tanto, para evitar un declive, no es necesario más —ni menos— que un cambio en la opinión pública; y la opinión pública puede estar influenciada en todo momento por ideas e ideologías.[17]

Irónicamente, un declive económico inconsciente solo es posible si la mayoría del público sigue el consejo de Hayek de actuar «espontáneamente» —sin saber realmente por qué— y libre de «la arrogancia extrema de saber la dirección del progreso». Uno no puede actuar totalmente sin conciencia, por supuesto. Sin embargo, de acuerdo con la recomendación de Hayek, uno presta atención exclusivamente a las causas y consecuencias directas e inmediatas de las acciones y la riqueza de uno. En contraste, el conocimiento y las ideas sobre cualquier causa y consecuencia indirecta, invisible a simple vista, se consideran sin importancia, arbitrarias o incluso ilusorias. Uno participa rutinariamente en la división del trabajo porque reconoce su ventaja directa; y reconoce el perjuicio directo de los impuestos, las depreciaciones de la moneda y las restricciones comerciales. No obstante, uno no reconoce que al participar en la división del trabajo, uno al mismo tiempo promueve indirectamente el bienestar de todos los demás participantes del mercado literalmente hasta el último rincón de la tierra, y de hecho que cuanto mayor sea el beneficio personal, mayor será la contribución de uno al bien público. Uno tampoco reconoce que el daño directo causado por la intervención del gobierno a otros, ya sea en la vecindad inmediata o en el otro extremo del mundo, siempre disminuye indirectamente el nivel de vida propio. Sin embargo, esta ignorancia tiene consecuencias fatales; porque el que no comprende las causas y consecuencias indirectas de sus acciones actúa de manera diferente. O actuará como si la ventaja o desventaja económica de una persona no tuviera nada que ver con la de otra y, en consecuencia, permanecerá neutral o indiferente hacia toda intervención gubernamental que se dirija contra otros. O incluso puede actuar con la creencia de que la ganancia de una persona puede ser la pérdida de otra; y luego puede incluso aceptar la expropiación del gobierno, los impuestos, las devaluaciones de la moneda o las restricciones comerciales como medios para conseguir «restitución» para los perdedores «injustos» (preferiblemente uno mismo y los de su clase). Mientras esta actitud intelectual prevalezca en la opinión pública, es realmente inevitable un aumento constante de las expropiaciones gubernamentales, los impuestos, la inflación y las restricciones comerciales, y el continuo declive económico subsiguiente.

Sin embargo, el consejo de Hayek es falso y absurdo. Es imposible actuar inconscientemente o a sabiendas para ser ignorante. E incluso si las causas y consecuencias sociales indirectas de las acciones de uno son desconocidas, estas son todavía efectivas, con algún retraso y aunque sean mediadas. Por tanto, conocerlas es siempre y para todos ventajoso. El único beneficiario de la recomendación contraria de Hayek es el gobierno. Solo los representantes del Estado y gobierno pueden tener un interés personal en difundir una conciencia hayekiana (mientras que ellos mismos la reconocen como una «falsa conciencia»), porque frente a un público ignorante se vuelve más fácil para el gobierno crecer. Pero el público en general fuera del aparato estatal no tiene interés en abrazar una falsa conciencia (y por tanto saber menos que su gobierno). Es personalmente ventajoso dejar que las acciones propias sean guiadas por ideas correctas y, en consecuencia, uno siempre es receptivo a la iluminación ideológica. El conocimiento es mejor que la ignorancia. Y porque es mejor, es al mismo tiempo infeccioso. No obstante, tan pronto como el público se ilumine y la mayoría reconozca que la participación de todos en una economía de intercambio beneficia simultáneamente a todos los demás participantes del mercado, y que cada intervención gubernamental en la red de relaciones bilaterales de intercambio, independientemente de dónde y contra quién, representa un ataque a la riqueza propia, un declive económico ya no es inevitable. Por el contrario, en lugar de permanecer indiferente o incluso dar la bienvenida a la intervención del gobierno, el público no los apoyará o incluso será hostil a ellos. En tal clima de opinión pública, en lugar de un declive económico, se producirá un proceso de racionalización social consciente y una integración económica en continuo avance.

La selección cultural

Sin embargo, según Hayek, el progreso no tiene nada que ver con la iluminación. Tan pronto como uno es capaz de reconocer las razones de un declive económico, es un progreso debido a la intuición. Así como uno tropieza de manera inconsciente e impotente en el abismo, así uno tropieza ciegamente hacia adelante. No son las ideas verdaderas o falsas las que determinan el curso de la evolución social, sino el destino místico. El progreso ocurre naturalmente, sin ningún conocimiento de los individuos participantes, tal como un grupo con mejores prácticas coincidentemente «prevalece» de alguna manera sobre otro con peores prácticas.

Aparte del hecho de que esta teoría es incompatible con la observación repetida de Hayek de que la evolución cultural avanza más rápido que la evolución biológica,[18] es falso por dos razones. Primero, la teoría contiene supuestos que la hacen inaplicable a las sociedades humanas. Segundo, cuando es aplicada de todas maneras, la teoría resulta vacía y Hayek se delata de nuevo —intencionalmente o no— como un apologista del Estado.

Para que su teoría funcione, Hayek primero debe asumir la existencia de grupos separados. Hayek introduce este supuesto cuando alega que una nueva práctica «espontánea» será imitada ciegamente dentro de un grupo, pero no fuera de él (¿por qué no?). Si la práctica fuera imitada universalmente y si, en consecuencia, existiera un solo grupo, la selección cultural de grupo sería por definición imposible. Sin algún tipo de competidor no puede haber selección. Además, sin selección, el concepto de progreso ya no puede emplearse con significado. Todo lo que se puede afirmar sobre una práctica generada «espontáneamente» —sin propósito ni razón— y universalizada de manera espontánea es esto: que mientras sea practicada, aún no ha desaparecido.

Sin embargo, el supuesto de grupos separados, que Hayek debe introducir para rescatar el concepto de progreso cultural (dentro de su teoría antirracionalista de la acción y la sociedad), produce inmediatamente una serie de problemas insalvables para su teoría. Primero, se deduce que la teoría de Hayek no se puede aplicar al presente. El mundo actual se caracteriza porque las prácticas de la apropiación original y la propiedad, de la producción de bienes de capital, del intercambio y del cálculo monetario están universalmente difundidas —no existe un grupo en el que estas prácticas estén completamente ausentes y desconocidas— y que toda la humanidad está conectada a través de una red de intercambios bilaterales. En este sentido, la humanidad es un solo grupo. Cualquiera que sea la competencia entre diferentes grupos que pueda entonces existir, no puede tener relevancia para estas prácticas universales. Las prácticas universales se encuentran —como una constante— fuera de cualquier mecanismo de selección; y según la teoría de Hayek, nada más podría decirse sobre la justificación de la apropiación original, la producción de bienes de capital o la división del trabajo y el intercambio que tales prácticas aún no han desaparecido.

La teoría de Hayek también es inaplicable a las sociedades premodernas o primitivas. En esta etapa de la historia humana, existían grupos aislados. Pero incluso entonces, las prácticas de apropiación, producción e intercambio eran universales. No existía tribu, por primitiva que fuera, que no las conociera y practicara. Este hecho no causa ningún problema para una teoría de la acción y la sociedad que reconoce estas prácticas como el resultado de la acción racional que maximiza la utilidad. Para tal teoría, el hecho es fácilmente explicable: Cada grupo llega a reconocer independientemente las mismas reglas universalmente válidas. Pero para Hayek, este hecho elemental constituye un problema teórico fundamental. Porque si la apropiación, la producción, el intercambio y el dinero son el resultado de la mutación espontánea, la imitación ciega, la infección o la transmisión mecánica, como afirma Hayek, se vuelve inexplicable —excepto por referencia al azar— por qué cada grupo, en completo aislamiento de todos los demás, debería presentar exactamente los mismos patrones de acción. Siguiendo la teoría de Hayek, uno debería esperar en cambio que la humanidad, al menos en sus comienzos, hubiera generado una variedad de mutantes de acción y sociedad muy diferentes. De hecho, si Hayek tuviera razón, uno tendría que asumir que en los inicios de la humanidad las personas habrían adoptado la práctica de no apropiarse, no producir y no intercambiar con tanta frecuencia como adoptaron lo opuesto. Dado que obviamente este no es el caso, Hayek tendría que explicar esta anomalía. Sin embargo, una vez que identificara la razón obvia de este hecho, que la adopción de la práctica anterior conduce a la muerte inmediata,[19] mientras que la segunda es un medio indispensable para la supervivencia, tendría que reconocer la existencia de la racionalidad humana y contradecir su propia teoría.

En segundo lugar, incluso con respecto a los grupos aislados, la teoría de la selección cultural de grupo de Hayek no puede explicar cómo podría ser posible el progreso cultural inconsciente. (Su explicación del concepto de «prevalecer» es, por lo tanto, vaga). Los grupos aislados —y más aún, los grupos conectados por el comercio— no compiten entre sí. El supuesto, familiar de la teoría de la evolución biológica, de que diferentes organismos están involucrados en una competencia de suma cero por recursos naturalmente limitados no puede aplicarse a las sociedades humanas y, por eso, cualquier intento de concluir hacia atrás desde la supervivencia de un fenómeno hasta su mejor adaptación (como es, dentro de ciertos límites, posible en biología) fracasa aquí. Un grupo de personas aislado de todos los demás, que sigue las prácticas de apropiación, producción de bienes de capital e intercambio, no reduce por ello la oferta de bienes de otros grupos. Aumenta su propia riqueza sin disminuir la de los demás. Si comienza a comerciar con otros grupos, incluso incrementa su riqueza. Entre los grupos humanos, lo que existe no es competencia, sino independencia autosuficiente o cooperación mutuamente ventajosa. Un mecanismo de selección cultural, por tanto, no puede hacerse efectivo aquí.[20]

No obstante, en sus dificultades teóricas hechas a sí mismo, Hayek indica varias posibilidades. «Prevalecer» significa que un grupo se vuelve más rico que otro, que muestra un crecimiento demográfico comparativamente más alto, o que derrota militarmente y asimila a otro. Aparte del hecho de que estos criterios son mutuamente incompatibles —¿cuál es el caso, por ejemplo, si un grupo más poblado es derrotado militarmente por uno menos poblado?— todos ellos fallan en explicar el progreso. El criterio aparentemente más plausible —la riqueza— falla porque la existencia de grupos con diferente riqueza no tiene relevancia para su supervivencia o extinción. Dos grupos practican la apropiación, la producción y el intercambio con independencia de cada uno. Sin embargo, los miembros de ambos grupos no son biológicamente idénticos, ni la naturaleza externa (la tierra) para ambos grupos es la misma. De esto se deduce que los resultados de sus acciones —su riqueza— también serán diferentes. Este es el caso de grupos e individuos. También para los individuos se sostiene que mediante la aplicación de una misma práctica de apropiación, producción e intercambio, resultan riquezas diferentes. Pero entonces la inferencia de «mayor riqueza» a «mejor cultura» es ilegítima. La persona más rica no representa una mejor cultura, y la más pobre una peor, sino que sobre la base de una misma cultura una persona se vuelve comparativamente más rica que otra. En consecuencia, no tiene lugar ninguna selección. Ambos, ricos y pobres coexisten, mientras que como resultado de su cultura compartida, la riqueza absoluta de ricos y pobres aumenta.

Asimismo, el tamaño de la población falla como criterio para la selección cultural. El tamaño del grupo tampoco implica nada relacionado con una «mejor cultura». Todo lo que vale para los individuos vale también para los grupos. Del hecho de que una persona no tenga descendencia biológica, no se sigue que haya seguido otras prácticas peores mientras estaba vivo. Más bien, diferentes individuos que actúan sobre la base de las mismas reglas producen un número diferente de descendientes. Tal como pobres a ricos, los que no tienen hijos no compiten con los que tienen hijos. Existen con independencia de uno y otro o cooperan entre sí. E incluso si un grupo debiera extinguirse literalmente o si un individuo se suicidara, esto no implicaría ninguna selección cultural. Porque los sobrevivientes siguen las mismas reglas de apropiación, producción e intercambio que siguieron los extintos mientras estaban vivos.

El tercer criterio, la conquista militar, logra sacar a los grupos de un estado de independencia aislada o de cooperación a uno de competencia de suma cero. Sin embargo, el éxito militar no representa un progreso moral más de lo que un asesinato indica la superioridad moral del asesino sobre su víctima. Además, la ocurrencia de una conquista (o de un asesinato) no afecta la validez de reglas universales, es decir, aquellas de las que ni los asesinos ni los asesinados pueden prescindir: Para introducir un conflicto militar entre grupos, Hayek primero debe suponer que por lo menos en uno de estos grupos surge espontáneamente una nueva práctica. En lugar de seguir las prácticas de apropiación original, producción de bienes de capital e intercambio, a alguien se le debe haber ocurrido la idea de que también se puede aumentar la riqueza personal expropiando por la fuerza a los apropiadores, productores e intercambiadores. Sin embargo, tan pronto como esta práctica, según la teoría de Hayek, sea imitada ciegamente por todos los demás miembros del grupo, una guerra de cada uno contra todos se produciría. Pronto no quedaría nada que pudiera ser expropiado y todos los miembros del grupo se extinguirían, no por un mecanismo de desplazamiento o selección cultural, ¡sino por su propia estupidez! Cada persona puede apropiarse, producir e intercambiar independientemente, pero no todos pueden expropiar a los apropiadores, productores e intercambiadores. Para que las expropiaciones sean posibles, debe haber gente que siga practicando la apropiación, la producción y el intercambio. La existencia de una cultura de expropiación requiere la continua existencia de una cultura de apropiación, producción e intercambio. La primera se encuentra en una relación parasitaria con la segunda. Entonces, sin embargo, la conquista militar no puede generar progreso cultural. Los conquistadores no representan una cultura fundamentalmente diferente. Entre ellos mismos, los conquistadores deben seguir la misma práctica de apropiación, producción e intercambio, que también era seguida por los conquistados. Y después de la conquista exitosa, los conquistadores deben volver a estas prácticas tradicionales, ya sea porque todos los conquistados se han extinguido o todo el botín se ha consumido, o porque uno desea institucionalizar su práctica de expropiación y, por tanto, necesita una población productiva continua (de personas conquistadas).

Sin embargo, tan pronto se aplique la teoría de Hayek a este único caso concebible de competencia cultural (en lugar de independencia o cooperación) en el que un subgrupo (los conquistadores) sigue una cultura parasitaria de expropiación mientras que el resto del grupo (los conquistados) simultáneamente se apropia, produce e intercambia, el resultado es una apología desvergonzada del gobierno y del Estado.

Esto se manifiesta a sí mismo primero en la forma en que la teoría de Hayek explica el origen de una cultura de la expropiación. Tal como la cultura de la apropiación, la producción y el intercambio es supuestamente el resultado de una mutación accidental, también la práctica de la expropiación representa un desarrollo «espontáneo». Así como los apropiadores, productores e intercambiadores no comprenden el significado de sus actividades, tampoco los conquistadores comprenden el significado de la conquista. Como los apropiadores, productores e intercambiadores reconocen la ventaja personal inmediata de sus actividades, también los conquistadores pueden reconocer su ganancia personal en los actos de expropiación. Pero como los participantes en una economía de mercado no son entonces capaces de comprender que a través de sus actividades se incrementa simultáneamente la riqueza de todos los demás participantes, tampoco los conquistadores pueden saber que a través de las expropiaciones se reduce la riqueza de los expropiados. Dicho sin rodeos: Un grupo de asesinos, ladrones o cazadores de esclavos no sabe que los asesinados, robados o esclavizados sufren así de una pérdida. Siguen sus prácticas tan inocentemente como los asesinados, robados y esclavizados siguen sus diferentes prácticas de apropiación, producción e intercambio. La expropiación, los impuestos o las restricciones comerciales son tanto una expresión de la espontaneidad humana como lo son la apropiación, la producción y el comercio. ¡Cada grupo de conquistadores agradecerá a Hayek por tanta (mala) comprensión!

En segundo lugar, la teoría de Hayek fracasa también tan lamentablemente en su intento de explicar el ascenso y caída de las civilizaciones históricas y, por lo tanto, una vez más produce implicaciones estatistas absurdas. De hecho, ¿qué más podría querer escuchar un grupo de conquistadores que sus propias acciones no tienen nada que ver con el ascenso y declive de las civilizaciones? Pero es precisamente esto lo que la teoría de Hayek implica: Porque, según Hayek, el progreso cultural solo es posible mientras la cultura de uno pueda «prevalecer» de alguna manera sobre otra. Sin embargo, en cuanto a la relación entre una cultura básica de apropiación y una subcultura parásita de expropiación, no puede haber una «prevalencia». La cultura parasitaria no puede prevalecer, pero como subcultura puede continuar operando mientras exista una cultura básica de apropiación. El progreso a través de la selección de grupo es imposible dentro de esta relación; y de acuerdo con Hayek, entonces, estrictamente hablando, no se puede afirmar nada en absoluto con respecto al curso posterior de la evolución social. Puesto que los miembros de la cultura de la apropiación no comprenden supuestamente que promueven el bienestar social a través de sus acciones, y ya que los miembros de la cultura de la expropiación desconocen igualmente el hecho de que sus acciones reducen el bienestar general, pueden ocurrir cambios espontáneos en la magnitud relativa de ambas culturas. A veces, la cultura de la apropiación atraerá más adeptos espontáneos; en otras ocasiones lo hará la cultura de la expropiación. Sin embargo, dado que no hay razón para que tales cambios espontáneos, si es que ocurren, deban seguir un patrón específico y predecible, tampoco existe una relación reconocible entre los cambios culturales espontáneos y el ascenso y caída de las civilizaciones. Todo es casualidad. No existe ninguna explicación para el ascenso y caída de la civilización romana. Asimismo, no existe ninguna razón comprensible para el ascenso de Europa Occidental o los Estados Unidos. Tal ascenso podría haber ocurrido en cualquier otro lugar, en India o África. En consecuencia, sería una «arrogancia extrema», por ejemplo, aconsejar a India o África desde el punto de vista de Europa Occidental; porque esto implicaría —oh, qué presuntuoso— que uno sabía la dirección del progreso.

No obstante, si se rechaza esta teoría como vacía y se señala que de la descripción misma de la situación inicial —la coexistencia de una cultura básica de apropiación y una subcultura parasitaria de expropiación— se sigue una ley fundamental de la evolución social, todo el sistema antirracionalista de Hayek se derrumba una vez más. Una expansión relativa de la cultura básica conduce a una mayor riqueza social y es la razón del ascenso de las civilizaciones; y una expansión relativa de la subcultura parasitaria conduce a una menor riqueza y es responsable de la caída de las civilizaciones. Pero si uno (cualquiera) ha captado esta relación simple y elemental, entonces el origen y los cambios relativos en las magnitudes de ambas culturas ya no pueden interpretarse como un proceso natural. La explicación, familiar de la biología, de un proceso natural de equilibrio autorregulado —de parásitos en crecimiento espontáneo, un debilitamiento del huésped, una disminución consecuente del número de parásitos, y finalmente la recuperación del huésped, etc.— no puede aplicarse a una situación donde el huésped y/o el parásito son conscientes de sus respectivos roles así como de la relación entre ellos, y son capaces de elegir entre estos roles. Una evolución social comprendida ya no es natural, sino racional. Mientras solo los miembros de la cultura parasitaria entiendan la naturaleza de la relación, en lugar de altibajos naturales de ambas culturas, se producirá un crecimiento constante y planificado del parasitismo. Los miembros de la subcultura parasitaria no vacilan entre que primero les vaya absolutamente mejor y luego absolutamente peor. Más bien, debido a su conocimiento de la relación entre la cultura de la apropiación y el de la expropiación pueden actuar de tal manera —no expandiendo sus prácticas de manera espontánea, sino que en su lugar limitándose conscientemente— que su propia riqueza absoluta siempre crecerá (o por lo menos nunca caerá). Por el otro lado, en la medida en que los miembros de la cultura básica comprendan la naturaleza de la relación entre ambas culturas, no solo la riqueza absoluta de la subcultura se verá amenazada, sino que se pondrá en peligro su propia existencia. Porque los miembros de una subcultura parasitaria siempre representan solamente una minoría de todo el grupo. Cien parásitos pueden llevar una vida cómoda con los productos de 1.000 anfitriones. Pero 1.000 parásitos no pueden vivir de 100 anfitriones. Sin embargo, si los miembros de la cultura productiva de la apropiación representan siempre una mayoría de la población, entonces, a la larga, la mayor fuerza física también está de su lado. Siempre pueden derrotar y destruir físicamente a los parásitos, y la continua existencia de una subcultura de la expropiación no se explica entonces por su mayor poder físico-militar, sino que depende exclusivamente del poder de las ideas. El gobierno y el Estado deben encontrar un apoyo ideológico que llegue lejos en la población explotada. Sin tal apoyo de los miembros de la cultura básica, incluso el gobierno más brutal y aparentemente invencible colapsa de inmediato (como lo ilustró de manera dramática más recientemente la caída de la Unión Soviética y los gobiernos comunistas de Europa del Este).

Los cambios en la magnitud relativa de la cultura básica y la subcultura parasitaria que explican el ascenso y caída de las civilizaciones se explican a su vez por cambios ideológicos. No ocurren espontáneamente, sino que son el resultado de ideas conscientes y su difusión. En una sociedad en la que la mayoría de la cultura básica comprende que cada acto de apropiación, producción e intercambio mejora el bienestar de todos los demás participantes del mercado, y que cada acto de expropiación, cobro de impuestos o restricción comercial en cambio, con independencia de contra quién se dirija, reduce el bienestar de todos los demás, la cultura parasitaria del gobierno y el Estado desaparecerá continuamente y se producirá un ascenso de la civilización. Por otro lado, en una sociedad en la que la mayoría de la cultura básica no comprende la naturaleza y la relación entre la cultura básica y la subcultura, la cultura parasitaria de la expropiación crecerá y con esto se producirá un declive de la civilización.[21]

Hayek, que quiere prohibir las ideas y la racionalidad en la explicación de la historia, debe negar todo esto. Pero al proponer su propia teoría de la inconsciente selección cultural de grupo, él también afirma la existencia y la eficacia de las ideas, y también reconoce —sea consciente de ello o no— que el curso de la evolución social está determinado por las ideas y su adopción. Hayek produce ideas y también quiere influir en el curso de la historia humana a través de las ideas. Sin embargo, las ideas de Hayek son falsas; y su proliferación llevaría al eclipse de la civilización occidental.


Traducido del inglés por Oscar Eduardo Grau Rotela. El artículo original se encuentra aquí.


Notas

[1] F. A. Hayek, New Studies in Philosophy, Politics, Economics and the History of Ideas (Chicago: University of Chicago Press, 1978), p. 9.

[2] Hayek, Law, Legislation, and Liberty, vol. 2, p. 5.

[3] Law, Legislation, and Liberty, vol. 3, p. 155.

[4] Ibid., p. 163.

[5] Ibid., p. 164.

[6] Hayek, Fatal Conceit, p. 6.

[7] Ibid., p. 10.

[8] Ibid., p. 21.

[9] Sobre lo siguiente, véase David Ramsey Steele, «Hayek’s Theory of Cultural Group Selection», Journal of Libertarian Studies 8, no. 2 (1987).

[10] Hayek, The Fatal Conceit, p. 25.

[11] Véase Ludwig von Mises, Human Action: A Treatise on Economics (Chicago: Henry Regnery, 1966), capítulo 8.

Si y en la medida en que el trabajo bajo la división del trabajo es más productivo que el trabajo aislado, y si y en la medida en que el hombre es capaz de darse cuenta de este hecho, la acción humana misma tiende a la cooperación y la asociación; el hombre se convierte en un ser social no al sacrificar sus propios intereses en aras de un Moloch mítico, la sociedad, sino al aspirar a una mejora en su propio bienestar. La experiencia enseña que esta condición —mayor productividad lograda bajo la división del trabajo— está presente porque su causa —la desigualdad innata de los hombres y la desigualdad en la distribución geográfica de los factores naturales de producción— es real. Estamos así en condiciones de comprender el curso de la evolución social. (Ibid., pp. 160-61)

«El liberalismo (…) considera toda cooperación social como una emanación de la utilidad racionalmente reconocida». (Ludwig von Mises, Socialism [Indianapolis, Ind.: Liberty Fund, 1981], p. 418)

Hayek rechaza esta explicación. Según él, considerar como hace Mises

toda cooperación social como una emanación de la utilidad racionalmente reconocida (…) es equivocado. El racionalismo extremo de este pasaje (…) me parece objetivamente equivocado. Ciertamente, no fue la comprensión racional de sus beneficios generales lo que condujo a la expansión de la economía de mercado. («Prólogo» a Socialism, p. xxiii)

Uno se pregunta de qué otra manera explicar el fenómeno, pero Hayek no lo dice; excepto a través de la referencia a la «evolución espontánea». Aún más maravilloso debe parecer el hecho de que no existió sociedad humana alguna que no tuviera propiedad privada ni intercambio alguno. (Las «bandas primordiales» de Hayek, epílogo a Law, Legislation, and Liberty, vol. 3, «Epilogue»; Fatal Conceit, capítulo 1, son un mito, similar al mito de Morgan-Engels del comunismo primitivo, para el cual no existe ni una pizca de evidencia antropológica. Y la transición de la sociedad cara a cara a la economía anónima y sin rostro no fue en absoluto un evento traumático, que requiriera motivos y hábitos fundamentalmente diferentes. El mercado mundial no es más que la suma de todas las transacciones interpersonales y, como tal, no mucho más difícil de comprender que un simple intercambio bilateral de bienes).

En cambio, Hayek luego se involucra en una total falsificación cuando, pese a todos los registros históricos por lo contrario, señala a Mises en la posición de un predecesor algo menos que completamente evolucionado de su propia teoría (la de Hayek):

Me parece que la idea clave de la enseñanza de Mises es mostrar que no hemos adoptado la libertad porque entendiéramos los beneficios que traería: que no hemos diseñado, y que ciertamente no fuimos lo suficientemente inteligentes para diseñar, el orden que ahora hemos aprendido en parte para entender mucho después de que tuviéramos muchas oportunidades de ver cómo funcionaba (…) Es un gran mérito de Mises que se haya emancipado en gran medida de ese punto de partida racionalista-constructivista, pero esa tarea todavía debe completarse. (Ibid., pp. xxiii–xxiv)

En realidad, Mises nunca dijo nada ni remotamente parecido a lo que insinúa Hayek; y si se debe dar crédito donde se debe, Mises debe ser acreditado no por haberse emancipado de su racionalismo, sino por no haberlo abandonado nunca.

[12] Véase Carl Menger, Principles of Economics (New York: New York University Press, 1976), capítulo 8; Ludwig von Mises, Theory of Money and Credit (Irvington-on-Hudson, N.Y.: Foundation for Economic Education, 1971), capítulo 1.

[13] F. A. Hayek, Studies in Philosophy, Politics, and Economics (Chicago: University of Chicago Press, 1967), capítulo 6.

[14] Por tanto, Hayek escribe que es «el racionalismo pervertido… que interpretó la ley de la naturaleza como las construcciones deductivas de la ‘razón natural’». La ley, en cambio, es «el resultado no diseñado del crecimiento». (Ibid., p. 101)

[15] Ibid., p. 97.

[16] En este punto, uno puede querer comparar a Hayek con su supuesto predecesor Carl Menger. Para Hayek, la ley es «el resultado no diseñado del crecimiento». «Nuestros valores e instituciones están determinados no simplemente por causas precedentes, sino como parte de un proceso de autoorganización inconsciente de una estructura o patrón». (Fatal Conceit, p. 9)

En marcado contraste, Carl Menger considera todas las referencias en las explicaciones de las ciencias sociales a categorías hayekianas como «crecimiento natural», «evolución espontánea», «naturaleza primordial» o «autoorganización inconsciente» como puro misticismo. Explicar un fenómeno social a través de fuerzas como estas es no explicar nada en absoluto, una impostura científica:

El origen de un fenómeno no se explica en modo alguno por la aseveración de que estuvo presente desde el principio mismo o que se desarrolló originalmente (…) un fenómeno social, al menos en su forma más original, debe haberse desarrollado claramente a partir de factores individuales. La visión [hayekiana organicista] aquí referida es simplemente una analogía entre el desarrollo de las instituciones sociales y el de los organismos naturales, lo cual es completamente inútil para el propósito de resolver nuestro problema. Afirma, sin duda, que las instituciones son creaciones no intencionadas de la mente humana, pero no cómo surgieron. Estos intentos de interpretación son comparables al procedimiento de un científico natural que cree estar resolviendo el problema del origen de los organismos naturales aludiendo a su «originalidad», «crecimiento natural» o su «naturaleza primitiva» (…) los intentos de interpretar los cambios de los fenómenos sociales como «procesos orgánicos» no son menos inadmisibles que (…) las teorías que pretenden resolver «orgánicamente» el problema del origen de estructuras sociales creadas involuntariamente. Casi no hay necesidad de señalar que los cambios de los fenómenos sociales no pueden interpretarse de una manera social-pragmática, en la medida en que no son el resultado pretendido del acuerdo de los miembros de la sociedad o de la legislación positiva, sino que son el producto no planeado del desarrollo social. Pero es igualmente obvio que ni siquiera la más mínima comprensión de la naturaleza y las leyes del movimiento de los fenómenos sociales puede obtenerse mediante la mera alusión al carácter «orgánico» o «primitivo» de los procesos en discusión, ni siquiera por meras analogías entre estos y las transformaciones que han de observarse en los organismos naturales. La inutilidad de la anterior orientación para la investigación es tan clara que no nos importa añadir nada a lo que ya hemos dicho. (Carl Menger, Investigations into the Method of the Social Sciences with Special Reference to Economics [New York: New York University Press, 1985], pp. 149-50)

[17] Dado que Hayek niega esencialmente la existencia (o la importancia) de las ideas en el curso de la evolución social, tampoco menciona (al menos en sus últimos escritos) la opinión pública.

En claro contraste, David Hume, a quien el propio Hayek considera su precursor, otorga una importancia fundamental a las ideas y a la opinión pública:

Nada parece más sorprendente para quienes consideran los asuntos humanos con ojo filosófico que la facilidad con que los muchos son gobernados por los pocos, y la sumisión implícita con que los hombres renuncian a sus propios sentimientos y pasiones a los de sus gobernantes. Cuando investigamos por qué medios se efectúa esta maravilla, encontraremos que como la Fuerza está siempre del lado de los gobernados, los gobernantes no tienen nada sobre lo que apoyarse a excepción de la opinión. Es, entonces, solamente en la opinión que se fundamenta el gobierno, y esta máxima se extiende a los gobiernos más despóticos y militares, así como a los más libres y populares. El sultán de Egipto, o el emperador de Roma, conduciría a sus inofensivos súbditos, como bestias brutas, contra sus sentimientos e inclinaciones. Pero debe, al menos, haber conducido a sus mamalucos o bandas pretorianas, como hombres, por su opinión. (David Hume, Essays: Moral, Political and Literary, Oxford: University of Oxford Press, 1971, p. 19)

Véase también É. de La Boétie, The Politics of Obedience: The Discourse of Voluntary Servitude, editado y con una introducción por Murray N. Rothbard (New York: Free Life Editions, 1975).

[18] Hayek, Law, Legislation, and Liberty, vol. 3, pp. 154, 156.

Como señala correctamente David Ramsey Steele, «si se va a confiar en la selección cultural de grupo, la cultura humana evolucionaría mucho más lentamente que la biología humana. Porque la selección de los grupos es un proceso más lento que la selección de los individuos, y no se puede esperar que la selección de grupo según la cultura avance más rápido que la selección de grupo según los genes». («Hayek’s Theory of Cultural Group Selection», p. 179)

[19] Por otra parte, esta forma de extinción tampoco encaja en el esquema explicativo de Hayek, pues una persona o grupo que renunciara a toda apropiación, producción, etc., moriría por su propia estupidez, no en el curso de la selección cultural de grupo.

[20] Aunque Hayek nota algunas diferencias obvias entre la evolución biológica y la cultural (Fatal Conceit, p. 25), no reconoce la diferencia categórica entre cooperación social y competencia biológica. Más bien, escribe que la evolución biológica y la cultural

se basan ambas en el mismo principio de selección: supervivencia o ventaja reproductiva. La variación, la adaptación y la competencia son esencialmente el mismo tipo de proceso, por diferentes que sean sus mecanismos particulares, en particular los relacionados con la propagación. No solo toda la evolución se basa en la competencia; la competencia continua es necesaria incluso para preservar los logros existentes. (Ibid., p. 26)

En contraste, Ludwig von Mises distingue claramente entre cooperación y competencia. Escribe:

La sociedad es acción concertada, cooperación. La sociedad es el resultado de un comportamiento consciente y intencionado. Esto no significa que los individuos hayan celebrado contratos en virtud de los cuales hayan fundado la sociedad humana. Las acciones que han causado la cooperación social y que diariamente la renuevan no tienen por objeto otra cosa que la cooperación y la coadyuvancia con otros para la consecución de determinados fines singulares. El complejo total de las relaciones mutuas creadas por tales acciones concertadas se llama sociedad. Sustituye la vida aislada —al menos concebible— de los individuos por la colaboración. La sociedad es división del trabajo y combinación del trabajo. En su calidad de animal actuante, el hombre se convierte en un animal social. (Human Action, p. 143)

Lo que hace posible las relaciones amistosas entre los seres humanos es la mayor productividad de la división del trabajo. Elimina el conflicto natural de intereses. Porque donde hay división del trabajo, ya no se trata de la distribución de una oferta no susceptible de ampliación. Gracias a la mayor productividad del trabajo realizado bajo la división de tareas, la oferta de bienes se multiplica. Un interés común preeminente, la preservación y mayor intensificación de la cooperación social, se vuelve primordial y borra todas las colisiones esenciales. La competencia cataláctica sustituye a la competencia biológica. Contribuye a la armonía de los intereses de todos los miembros de la sociedad. La condición misma de la que surgen los conflictos irreconciliables de la competencia biológica —a saber, el hecho de que todas las personas en general se esfuercen por las mismas cosas— se transforma en un factor que contribuye a la armonía de intereses. Debido a que muchas personas o incluso todas las personas quieren pan, ropa, zapatos y automóviles, la producción a gran escala de estos bienes se vuelve factible y reduce los costos de producción hasta tal punto que son accesibles a precios bajos. El hecho de que mi prójimo quiera adquirir zapatos como yo, no hace que sea más difícil para mí conseguir zapatos, sino más fácil. (Ibid., p. 673)

[21] Escribe Mises:

La historia es una lucha entre dos principios, el principio pacífico, que promueve el desarrollo del comercio, y el principio imperialista-militarista, que interpreta la sociedad humana no como una división del trabajo amistosa, sino como la represión forzosa de unos de sus miembros por otros. El principio imperialista recupera continuamente la ventaja. El principio liberal no puede sostenerse contra él hasta que la inclinación por el trabajo pacífico inherente a las masas haya luchado hasta el reconocimiento pleno de su propia importancia como un principio de la evolución social. (Socialism, p. 268)

El liberalismo es racionalista. Sostiene que es posible convencer a la inmensa mayoría de que la cooperación pacífica en el marco de la sociedad sirve mejor a los intereses bien entendidos que la lucha mutua y la desintegración social. Tiene plena confianza en la razón del hombre. Puede ser que este optimismo sea infundado y que los liberales se hayan equivocado. Pero entonces no queda ninguna esperanza para el futuro de la humanidad. (Human Action, p. 157)

El cuerpo del conocimiento económico es un elemento esencial en la estructura de la civilización humana; es el cimiento sobre el que se han construido el industrialismo moderno y todos los logros morales, intelectuales, tecnológicos y terapéuticos de los últimos siglos. Depende de los hombres si harán un uso adecuado del rico tesoro que este conocimiento les proporciona o si lo dejarán sin usar. Pero si no logran aprovecharlo al máximo y desatienden sus enseñanzas y advertencias, no anularán la economía; acabarán con la sociedad y la raza humana. (Ibid., p. 885)